CUENTOS ALCOHOLICOS: GINEBRA. CRISTINA CIVALE

Publicado: 20 julio, 2009 en BLOGS

Cuentos alcohólicos: Ginebra

Nunca imaginé que su retirada fuera a convertirse en ese hecho sangriento. Él acababa de irse. De irse para siempre. Eligió un modo despiadado para dejarme. ¿Acaso existe otro modo para ejecutar un abandono? Un limpio tiro disparado al corazón por su propia mano derecha. Nuestra cama fue el escenario que buscó para su adiós mudo. Una única carta, precisa y breve, dirigida a su madre explicó que el destino de esa bala había sido su última voluntad. Ninguna mención hacia mí, ninguna respuesta, ningún reproche. Sólo su cuerpo habitando nuestro terreno en estado irreversible: una brutal dedicatoria.

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Yo los encontré. A él y a la carta. Violé todo, la correspondencia y el cadáver, nada me pertenecía. Ni mi propio cuerpo, aunque frotara su piel fría contra la mía y leyera la correcta sucesión de esas letras que formaban unas palabras escritas para otra mujer. Me dejé ir y algo que se movía adentro de mí siguió pautando una serie de acciones como si la vida pudiese suceder después de su muerte. Me demoré en su funeral, donde no recé mientras un enterrador echaba las últimas paladas de tierra sobre su tumba. Una mano, cualquier mano, pretendía calmarme posándose sobre mi hombro. Sólo recuerdo que me irritaba y que, con un inequívoco movimiento, la retiré del área de consuelo. No había motivo para otras presencias. Tampoco lloré o hablé, ni siquiera maldije. Estaba muda. El silencio se había apoderado de mí como la única rebeldía posible. Me encerré en mi casa. El sopor de las sábanas de mi cama -las mismas que las del día de su muerte- se convirtieron en mi único refugio. No tenía intenciones de salir de ahí. Nunca. Llenaba el silencio con los acordes secos del bandoneón de Piazzolla interpretando Reminiscencia. Lo programé en mi equipo de música para que sonara sin detenerse. Sólo un corte de luz lo hubiese callado. A veces tomaba unos largos sorbos de ginebra; otras tantas, vomitaba. La bala no me estaba destinada, pero me había atravesado, del mismo modo que me golpeaba, como de muerte, cada acorde del bandoneón con sus lágrimas insinuadas.
Agonizante, sólo hilaba cuatro palabras: "¿Por qué este chantaje?". Esa pregunta era mi solitario y legítimo sonido que me acosaba envuelta en la levitación provocada por la ginebra. En apariencias, porque cuando el bandoneón se calló de repente y sin explicación, sentí la necesidad de levantarme. Ya nada me arrullaba. Estaba mareada. Nunca supe si el piso que tocaban mis pies era real o imaginario. De todos modos, lo abandoné. Ese refugio, ya un nicho tibio y sucio. Pretendí ser quien había sido y me dispuse a encontrar una respuesta que me aliviara. ¿Ebria? No lo recuerdo. La verdad nunca me importó. Por esa razón pude cruzar las fronteras: las reales y las imaginarias. Me desplacé hacia el único lugar donde, quizá, podría entenderlo todo.
El mismo sitio que él no pudo llegar a conocer y que, quizá, lo hubiese librado de apretar el gatillo.

Había escuchado hablar de ese pueblo pero no conocía a nadie que alguna vez hubiese ido. No figuraba en los mapas, estaba en los cuentos de la gente. Se alzaba con categoría de leyenda y, dadas mis particulares circunstancias, era el único sitio al que podía acudir para conjurar las dudas que no me dejaban vivir, esa enorme pregunta sobre su injusto chantaje.

Tuve que atravesar el río y mostrar pasaporte. Desde la frontera, anduve nueve horas por un camino costero en un auto de alquiler -uno de vidrios polarizados, como me habían recomendado- y por fin alcancé la playa que buscaba. La descubrí por la insólita aerosilla desierta sobre la bahía de piedra, que aparecía en forma recurrente en los relatos. Detuve el auto junto a la playa y me bajé. Las sillas aéreas se desplazaban, vacías, de abajo hacia arriba en un circuito perpetuo. Nadie las custodiaba. No pude evitarlo, y con la misma precisión con la que solía tomar impulso en las hamacas cuando era una nena, detuve una y me subí. Una vez arriba eructé. El gusto agrio de la ginebra hizo fuerza contra mis labios. No lo dejé escapar.

El ascenso fue lento y, desde la altura que proyectaba, mis pies podían moverse casi al ras del cerro y mis ojos divisar a las pocas personas que circulaban por el pueblo con mayor lentitud, todavía, que las sillas. Al llegar a la cima, me encontré con una pequeña capilla estilo Vaticano. Entré. Una estatua de varón, vestido con una túnica celeste y una aureola pendiendo de su cabeza pelada, me hacía pensar que allí se veneraba a un santo. Estaba rodeado de velas celestes de distintos tamaños y grosores. Unas pocas estaban encendidas en una especie de altar. A los pies, se leía en letras talladas sobre la base de madera: "San Eugenio". Recordé que era el santo que se suele invocar para que los hombres nazcan sanos y buenos. Me pareció adecuado para un pueblo como aquél. Afuera una estatua plana de acero inoxidable sólo cobraba sentido si se la miraba de costado, enfatizando la extraña veneración de los habitantes por este tal Eugenio. El altar y las estatuas no eran todo lo que había en la cima. Una pila con agua bendita se plantaba por ahí. Me acerqué y humedecí mis dedos que llevé a mis labios. Raro: el agua bendita sabía a ginebra.

Unos metros más arriba, un mirador con paredes de vidrio y unos viejos telescopios, permitían tener otra perspectiva del pueblo, el punto más alto desde donde podía espiarse. Me acerqué a uno de los telescopios y le introduje una moneda, inmediatamente se puso en funcionamiento pero no pude ver nada. Un hombre me apartó con suavidad tirándome del saco. Cuando me dí vuelta, me soltó. Era la primera persona con la que me cruzaba desde que había iniciado el viaje. Tendría poco más de veinticinco años y me llamó la atención una gruesa cadena plateada que le rodeaba el cuello allí donde parecía haber una cicatriz. Su curiosa alhaja fue la certeza de que no había errado el camino.

-¿Cómo se atreve?-me preguntó el hombre con una voz que no delataba ningún tipo de crispación.
-No tuve alternativa. Sólo quiero saber dos cosas.
El hombre no me contestó enseguida. Su silencio parecía invitarme a que preguntara. Error.
-No me importa lo que usted quiera saber- dijo clavándome la mirada en el vientre. -Sólo va a escuchar lo que yo quiera decirle.
-De acuerdo- musité, resignada.
Empezó diciéndome que no estaba seguro de que yo fuera capaz de entender su mensaje y me aseguró que él estaba en ese pueblo para escapar de gente como yo. -Puedo escuchar la agobiante ansiedad de su respiración, huelo su aliento asqueroso -concluyó. -Ante eso, sólo queda el motín o la fuga y acá vivimos los amotinados. Si puede soportarlo, siga con tu tour. Pero no crea que va a ser un paseo inocente. Sin darme tiempo para que le pidiera alguna explicación, empezó a bajar la ladera del cerro. Lo corrí pero fue inútil. No pude alcanzarlo. Volví sobre mis pasos y al cruzarme con el altar de San Eugenio, tuve una necesidad inexplicable. Saqué una caja de fósforos de mi bolso y encendí una vela. La más gruesa que encontré apagada. Improvisé una oración muy corta y sólo pedí entender de una vez de qué se trataba lo que estaba viviendo. Si ése era el santo de los hombres buenos, tenía que escuchar mi ruego.

Volví a montarme en una silla y bajé. Me subí al auto bastante confundida y seguí bordeando la costa hacia el norte, con las palabras del hombre de la cadena llenándome de turbación, cuando un cuerpo rebotó en el vidrio delantero del auto. Frené abruptamente y otro eructo volvió a atascarse en mi boca. Pensé que había matado al tipo.

Un chico que apenas pasaba los quince años, se puso de pie de inmediato. No parecía lastimado y se estiraba con vehemencia las largas mangas de su camiseta clara, ocultando una marcas inconfundibles. Como si no se diese por enterado de que acababa de atropellarlo, siguió su camino con paso rápido. Se estaba escapando. Me di cuenta de que huía de mí.

Lo alcancé y le crucé el cuerpo para que se detuviera. Lo hizo y me miró como sólo miran aquéllos que sienten odio. No dejaba de estirarse las mangas y alzaba el mentón, como desafiándome. Esta vez fui yo la primera que habló, encarándolo con una pregunta que presumía la continuación de mi reciente conversación con el hombre de la cadena.
-¿Por qué amotinados?
Hizo tiempo mirando con displicencia hacia el mar y, sin quitarle los ojos encima a las aguas que se volvían cada vez más oscuras a medida que la luz abandonaba el día, por fin me respondió.
-Amotinados, escapados, prescindentes-repitió como si se tratara de una oración largamente aprendida. -No nos tiente, no nos mate. Váyase de una vez, por favor- suplicó. -Nunca debió haber venido.
Me quedé petrificada en el medio del camino mientras el chico se perdía en la playa. Creo que se metió en el mar pero ya no pude ver más. Volvía a sentirme mareada. Igual me subí al auto, definitivamente perdida, y empecé a dar vueltas sin rumbo por el pueblo. Estuve manejando dos horas y ya no tuve dudas. Empezaba a encontrar en esas apariciones un sentido perturbador. Hombres, sólo hombres por todos lados. Sin madres, ni hijas, ni esposas ni amantes ni hermanas. Aliados en la entereza y en la debilidad. Disminuí la marcha y reconocí en esos rostros exiliados, el mismo desafío y el mismo temor del que hacía pocos días había dejado la vida sobre mi cama. Había elegido la fuga a la resignación del motín.

Era yo ahora la que quería escaparse. Salir de ese pueblo habitado por quejas y sombras. Creí comprender la razón de la huída. Su dignidad, su entereza pero también su contradicción. Si se llegaba a ese límite, era la única salida. Sin embargo, me faltaba algo. Apenas calmada por esa deducción ya estaba alejándome de los amotinados, cuando un grupo de diez hombres, aparentemente recién llegados, ingresaban al pueblo montados en la parte trasera de una camioneta. Gracias a los vidrios polarizados, no pudieron verme aunque los ojos de uno de ellos se clavó en la ventana izquierda de mi auto y como si atravesara el vidrio, me descubrió. Saltó de la camioneta y empezó a hacerme señas para que me detuviera. Los demás siguieron su camino sin esperarlo.
Por pura curiosidad, frené y, sin bajarme, con cierto miedo, esperé a que se me acercara. Arañó con sus dos manos el vidrio y luego cayó, arrodillado. -Estoy arrepentido-me gritó. -Abra la puerta. Deme un trago.
Cuando la abrí, ya tenía un revólver apuntándole al pecho y los ojos, esperándome. Sólo entonces entendí completamente el sentido de todo. De mi viaje, de su arrepentimiento, del deseo de morir del hombre al que había amado.
-Acá viven los que no pudieron profundizar sus cicatrices- me confirmó. -Los que erraron el tiro en el último segundo, los que esquivaron el cuchillo antes de que fuera demasiado tarde, los que no apretaron la soga lo suficiente. Los que eligieron la vida quieta. Los sombríos, los perdedores, los cobardes.

Hizo el arma a un lado y extrajo del bolsillo un pequeño papel doblado y una pluma. Me arrodillé junto a él.
Dícteme-me suplicó. -Dícteme esas palabras que hubiese querido leer. Yo sé por qué está aquí.
Tomé su mano derecha, le coloqué una pluma y empecé a dictarle la que carta que nunca había existido para mí.
"Ningún chantaje a nadie" me oí decir como para aliviarme. Me demoré un segundo para buscar la próxima frase. Entonces escuché el tiro. Otro tiro ejecutado por otra mano derecha en otro corazón. La misma fuga. El mismo sin sentido de una vida cuando el amor la abandona. Su sangre salpicó el papel. Lo levanté del piso y lo guardé junto a mi corazón que se atrevía a seguir latiendo. Me subí al auto y manejé durante horas con el papel apretándome el pecho, sin poder decidirme : motín o fuga.

Desandé el camino hacia mi propia frontera. Volví a su tumba y lloré todas las lagrimas viejas. No tenía nuevas. Enterré la carta ajena, la del arrepentido, y empecé a cavar un hoyo para perderme yo misma. "Si el amor no vuelve, mi vida se va". Ése fue mi epitafio. A mi memoria, regresaron, silenciosas, las lágrimas del bandoneón y los eructos rancios de la ginebra. No alcanzaron.
Decidí no contar con la posibilidad del regreso.

Publicado por Cristina Civale

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