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SUNSHINE WREATH

Publicado: 21 diciembre, 2013 en ARTESANIAS, BLOGS, DECO
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http://yellowmums.blogspot.com.ar/2011/09/sunshine-wreath.html

I have to credit the little buddy with this creation. It’s true. He came upstairs yesterday with a bunch of broken sticks in his hand and said “he need to build somethin'” Immediatley I remembered seeing this wreath on Delia Creates last year. I loved it, but between all the rain we’d been getting and a 1 month old, I wasn’t trekking out to gather sticks.

But this year it was fun. We went on a “stick hunt” and found a bunch of sticks, and scraped a lot of dead bark off and then sat on the sun soaked back steps to start making our “sun.”

That lovely sun soon turned into an oven and then the buddy lost interest helping, and ran off to play in the yard, and of course I ran out of sticks and had to persuade the buddy to go on another stick hunt. Back at the porch I heard the sweetie crying–awake from her morning nap. Several glue sticks later, I had the sticks all glued on, and the sticks the sweetie had stepped on glued back on. We went inside for lunch.

I finally went and checked Delia’s blog to see how she’d done her wreath-obviously mine was a bit different, but I decided I didn’t want it to be a Halloween one as much as a festival fall one. So I added rosettes instead of painting it black. I’ve never been able to master the rosette before. Every attempt (like 2) have always ended in failure. It’s true. But my sister had given me the cutest rosette clip for the little sweetie and so I called her and she walked me through it (here isher online tutorial). Being able to ask her my questions rather than trying to follow a tutorial helped this time. Anyway, I clipped off some little orange twiggy things from some garland I have and wala, I’m so excited about how it turned out! The little buddy told me this morning “I really like your sun! What are we going to put in the middle?” I told him we could put his face 🙂 He didn’t think that was a good idea.

Moral of story:
1.  Don’t sit in the hot early autumn sun to glue your branches on (the glue doesn’t really set well).
2.  Do it when the kids are in bed if at all possible (except the stick hunt of course).
3.  Have an awesome sister to walk you through the tutorial.

https://www.westdean.org.uk/CollegeChannel/Tutors/TutorProfilesandWork/JulieArkell.aspx

http://henhousehomemade.blogspot.com/

 

El pâté

Publicado: 21 febrero, 2011 en BLOGS, COCINA

 

vía Google.

Por: Chef Ariel Rodríguez Palacios, el 12 de marzo de 2010, 05:42 AM

Tal vez Uds. se pregunten por qué en la cocina profesional usamos tantos términos diferentes para nombrar cosas de aspecto muy similar ¿no? Es que, como ya les conté una vez, la cocina ha ido evolucionando tanto junto con el hombre, que las clasificaciones de preparados y productos se hacen imprescindibles a la hora de lograr una identificación rápida y segura de los mismos. Así es que, tan solo una técnica, un ingrediente o una textura podrían cambiar el nombre de un preparado.  Y el pâté no escapa a esta regla.

La palabra “Pâté”, viene de “pâte” que significa pasta en francés, y si bien cuando decimos pâté, nos imaginamos una preparación de aspecto y estructura determinada, la realidad es que se trata de un término genérico que engloba diferentes tipos de preparaciones.

Básicamente es una preparación cocida, caliente o fría, típica de Francia, que tiene tantas variedades como las regiones donde se preparan. Se sabe que ya era conocido por los romanos, que lo preparaban mayormente con cerdo y que, en la Edad Media, se realizaban con variedad de carnes y todo tipo de ingredientes macerados y especiados.

Entre los diferentes grupos que se incluyen dentro del Pâté, podemos encontrar el Pâté propiamente dicho o “Pâté en croûte”, el “Pâté en Terrina”, las “Rillettes” y las “Mousselines”, entre otros.

El Pâté en croûte consiste en un relleno cubierto por una corteza de pasta, cocido en un molde de metal (aunque esto último no es absolutamente indispensable) y que se puede consumir a temperatura ambiente o caliente.

El Pâté en Terrina, consiste en un relleno cocido en un molde de barro, porcelana o metal, que ha sido forrado con rodajas de grasa (se denomina “lard gras” y es grasa del lomo del cerdo).  En nuestro país, comúnmente utilizamos panceta.  Es decir que en lugar de tener esa costra de masa que tenía el pâté en croûte, el pâté en terrina se encuentra “encamisado” o recubierto por rodajas de panceta.  Este tipo de pâté toma su nombre del recipiente en el que se lo cocina y su consistencia, normalmente permite cortarlo en rebanadas.

Las Rillettes, son carnes cocidas durante horas en su propia grasa, hasta que sus fibras se separan (para aquellos que saben de técnicas de cocina, se podría decir que es como un confit), y que una vez listas se las extrae de la grasa y se las desmenuza, para luego emulsionarlas nuevamente junto con la grasa de cocción.

Las Mousselines parten de carnes crudas finamente procesadas a las que se les agrega igual volumen de crema durante su elaboración y que luego se cocinan. Algunos, además de crema le agregan claras o huevos. Jamás se consumen crudas y durante su cocción adquieren una firmeza considerable. Se pueden consumir calientes o frías.

Para confundirlos un poquito más, podríamos decir que si colocamos unas rillettes en moldes de terrina, obtendríamos unas rillettes y/o unas terrinas.

Como todo en la cocina es discutible… y ya que se encuentran llenas de excepciones, lo mejor será que dejemos las clasificaciones de lado, tomándolas solo como un detalle curioso y pasemos a las ideas que pueden ser útiles. 

Aquí les dejo un par:

Pâté de hígado de ave con manzanas flambeadas:

En primer lugar salteamos 700 grs de hígado de pollo junto con 1 cebolla y lo condimentamos con tomillo, romero, orégano sal y pimienta. Cuando el hígado comienza a estar jugoso, le agregamos 30 cm3 de brandy y 30 cm3 de oporto.  Retiramos el hígado, lo dejamos entibiar y lo procesamos. Agregamos 100 cm3 de crema y 200 cm3 de manteca. Es importante que la manteca la agreguemos cuando el preparado ya esté frío para que no se funda. ¡Es un pâté riquísimo para untar en pan de campo!

Se puede acompañar con una ensalada verde de perejil, ciboulette, eneldo y albahaca, condimentada con sal y aceite de oliva y con manzanitas flambeadas. Para ello, colocamos 30 grs de manteca a calentar y cuando empieza a formar espuma, incorporamos 2 manzanas verdes cortadas en cubos y 30 grs de azúcar. Cocinamos 2′ y desglasamos con 30 cm3 de brandy.  Luego le espolvoreamos curry y ¡ya está! Fácil, ¿no?

Rillettes de Salmón

Cocinamos 250 grs de salmón fresco cortado en postas en agua con sal hasta que tome un color rosado crema (salmón poché).  Luego lo retiramos y lo dejamos enfriar.  Le quitamos las espinas y lo desmenuzamos.  A eso le agregamos 250 gr de salmón ahumado picado y se le agregan 200 grs de manteca a temperatura ambiente (pomada).  Lo condimentamos con sal, pimienta, pimienta de cayena, el jugo de 1 limón, ciboulette y 2 cucharadas de hierbas bien picadas.  Le damos la forma deseada y lo llevamos a la heladera para que tome textura.

Si bien esta receta no respeta en su totalidad las características de las rillettes (ya que no hay confitado), en Francia la consideran rillettes por analogía, ya que pocheando los pescados y/o las carnes, manteniendo la técnica del desmenuzado e incorporando materia grasa, se obtiene un producto similar.

Estos pâté se conservan en la heladera y es importante envolverlos con papel film en contacto y cubrirlos con papel aluminio para que el aire y la luz no los oxiden.  Como pasa con los quesos, y para sentirles todo su sabor, lo mejor es consumirlos a temperatura ambiente, por eso les sugiero que antes de servir, los dejen reposar fuera de la heladera un rato.

Our Best Bites: When a Foodie gets Crafty… 

 

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Our Best Bites: Weekend Crafting: Valentine Rosette Wreath.

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Our Best Bites: Tutorial: Rolled Fabric Flowers.

CARTÓN Y PAPEL: moldes para montar cajas « Variasmanualidades’s Blog.

Cuentos alcohólicos: Ginebra

Nunca imaginé que su retirada fuera a convertirse en ese hecho sangriento. Él acababa de irse. De irse para siempre. Eligió un modo despiadado para dejarme. ¿Acaso existe otro modo para ejecutar un abandono? Un limpio tiro disparado al corazón por su propia mano derecha. Nuestra cama fue el escenario que buscó para su adiós mudo. Una única carta, precisa y breve, dirigida a su madre explicó que el destino de esa bala había sido su última voluntad. Ninguna mención hacia mí, ninguna respuesta, ningún reproche. Sólo su cuerpo habitando nuestro terreno en estado irreversible: una brutal dedicatoria.

ginebra.jpg

Yo los encontré. A él y a la carta. Violé todo, la correspondencia y el cadáver, nada me pertenecía. Ni mi propio cuerpo, aunque frotara su piel fría contra la mía y leyera la correcta sucesión de esas letras que formaban unas palabras escritas para otra mujer. Me dejé ir y algo que se movía adentro de mí siguió pautando una serie de acciones como si la vida pudiese suceder después de su muerte. Me demoré en su funeral, donde no recé mientras un enterrador echaba las últimas paladas de tierra sobre su tumba. Una mano, cualquier mano, pretendía calmarme posándose sobre mi hombro. Sólo recuerdo que me irritaba y que, con un inequívoco movimiento, la retiré del área de consuelo. No había motivo para otras presencias. Tampoco lloré o hablé, ni siquiera maldije. Estaba muda. El silencio se había apoderado de mí como la única rebeldía posible. Me encerré en mi casa. El sopor de las sábanas de mi cama -las mismas que las del día de su muerte- se convirtieron en mi único refugio. No tenía intenciones de salir de ahí. Nunca. Llenaba el silencio con los acordes secos del bandoneón de Piazzolla interpretando Reminiscencia. Lo programé en mi equipo de música para que sonara sin detenerse. Sólo un corte de luz lo hubiese callado. A veces tomaba unos largos sorbos de ginebra; otras tantas, vomitaba. La bala no me estaba destinada, pero me había atravesado, del mismo modo que me golpeaba, como de muerte, cada acorde del bandoneón con sus lágrimas insinuadas.
Agonizante, sólo hilaba cuatro palabras: "¿Por qué este chantaje?". Esa pregunta era mi solitario y legítimo sonido que me acosaba envuelta en la levitación provocada por la ginebra. En apariencias, porque cuando el bandoneón se calló de repente y sin explicación, sentí la necesidad de levantarme. Ya nada me arrullaba. Estaba mareada. Nunca supe si el piso que tocaban mis pies era real o imaginario. De todos modos, lo abandoné. Ese refugio, ya un nicho tibio y sucio. Pretendí ser quien había sido y me dispuse a encontrar una respuesta que me aliviara. ¿Ebria? No lo recuerdo. La verdad nunca me importó. Por esa razón pude cruzar las fronteras: las reales y las imaginarias. Me desplacé hacia el único lugar donde, quizá, podría entenderlo todo.
El mismo sitio que él no pudo llegar a conocer y que, quizá, lo hubiese librado de apretar el gatillo.

Había escuchado hablar de ese pueblo pero no conocía a nadie que alguna vez hubiese ido. No figuraba en los mapas, estaba en los cuentos de la gente. Se alzaba con categoría de leyenda y, dadas mis particulares circunstancias, era el único sitio al que podía acudir para conjurar las dudas que no me dejaban vivir, esa enorme pregunta sobre su injusto chantaje.

Tuve que atravesar el río y mostrar pasaporte. Desde la frontera, anduve nueve horas por un camino costero en un auto de alquiler -uno de vidrios polarizados, como me habían recomendado- y por fin alcancé la playa que buscaba. La descubrí por la insólita aerosilla desierta sobre la bahía de piedra, que aparecía en forma recurrente en los relatos. Detuve el auto junto a la playa y me bajé. Las sillas aéreas se desplazaban, vacías, de abajo hacia arriba en un circuito perpetuo. Nadie las custodiaba. No pude evitarlo, y con la misma precisión con la que solía tomar impulso en las hamacas cuando era una nena, detuve una y me subí. Una vez arriba eructé. El gusto agrio de la ginebra hizo fuerza contra mis labios. No lo dejé escapar.

El ascenso fue lento y, desde la altura que proyectaba, mis pies podían moverse casi al ras del cerro y mis ojos divisar a las pocas personas que circulaban por el pueblo con mayor lentitud, todavía, que las sillas. Al llegar a la cima, me encontré con una pequeña capilla estilo Vaticano. Entré. Una estatua de varón, vestido con una túnica celeste y una aureola pendiendo de su cabeza pelada, me hacía pensar que allí se veneraba a un santo. Estaba rodeado de velas celestes de distintos tamaños y grosores. Unas pocas estaban encendidas en una especie de altar. A los pies, se leía en letras talladas sobre la base de madera: "San Eugenio". Recordé que era el santo que se suele invocar para que los hombres nazcan sanos y buenos. Me pareció adecuado para un pueblo como aquél. Afuera una estatua plana de acero inoxidable sólo cobraba sentido si se la miraba de costado, enfatizando la extraña veneración de los habitantes por este tal Eugenio. El altar y las estatuas no eran todo lo que había en la cima. Una pila con agua bendita se plantaba por ahí. Me acerqué y humedecí mis dedos que llevé a mis labios. Raro: el agua bendita sabía a ginebra.

Unos metros más arriba, un mirador con paredes de vidrio y unos viejos telescopios, permitían tener otra perspectiva del pueblo, el punto más alto desde donde podía espiarse. Me acerqué a uno de los telescopios y le introduje una moneda, inmediatamente se puso en funcionamiento pero no pude ver nada. Un hombre me apartó con suavidad tirándome del saco. Cuando me dí vuelta, me soltó. Era la primera persona con la que me cruzaba desde que había iniciado el viaje. Tendría poco más de veinticinco años y me llamó la atención una gruesa cadena plateada que le rodeaba el cuello allí donde parecía haber una cicatriz. Su curiosa alhaja fue la certeza de que no había errado el camino.

-¿Cómo se atreve?-me preguntó el hombre con una voz que no delataba ningún tipo de crispación.
-No tuve alternativa. Sólo quiero saber dos cosas.
El hombre no me contestó enseguida. Su silencio parecía invitarme a que preguntara. Error.
-No me importa lo que usted quiera saber- dijo clavándome la mirada en el vientre. -Sólo va a escuchar lo que yo quiera decirle.
-De acuerdo- musité, resignada.
Empezó diciéndome que no estaba seguro de que yo fuera capaz de entender su mensaje y me aseguró que él estaba en ese pueblo para escapar de gente como yo. -Puedo escuchar la agobiante ansiedad de su respiración, huelo su aliento asqueroso -concluyó. -Ante eso, sólo queda el motín o la fuga y acá vivimos los amotinados. Si puede soportarlo, siga con tu tour. Pero no crea que va a ser un paseo inocente. Sin darme tiempo para que le pidiera alguna explicación, empezó a bajar la ladera del cerro. Lo corrí pero fue inútil. No pude alcanzarlo. Volví sobre mis pasos y al cruzarme con el altar de San Eugenio, tuve una necesidad inexplicable. Saqué una caja de fósforos de mi bolso y encendí una vela. La más gruesa que encontré apagada. Improvisé una oración muy corta y sólo pedí entender de una vez de qué se trataba lo que estaba viviendo. Si ése era el santo de los hombres buenos, tenía que escuchar mi ruego.

Volví a montarme en una silla y bajé. Me subí al auto bastante confundida y seguí bordeando la costa hacia el norte, con las palabras del hombre de la cadena llenándome de turbación, cuando un cuerpo rebotó en el vidrio delantero del auto. Frené abruptamente y otro eructo volvió a atascarse en mi boca. Pensé que había matado al tipo.

Un chico que apenas pasaba los quince años, se puso de pie de inmediato. No parecía lastimado y se estiraba con vehemencia las largas mangas de su camiseta clara, ocultando una marcas inconfundibles. Como si no se diese por enterado de que acababa de atropellarlo, siguió su camino con paso rápido. Se estaba escapando. Me di cuenta de que huía de mí.

Lo alcancé y le crucé el cuerpo para que se detuviera. Lo hizo y me miró como sólo miran aquéllos que sienten odio. No dejaba de estirarse las mangas y alzaba el mentón, como desafiándome. Esta vez fui yo la primera que habló, encarándolo con una pregunta que presumía la continuación de mi reciente conversación con el hombre de la cadena.
-¿Por qué amotinados?
Hizo tiempo mirando con displicencia hacia el mar y, sin quitarle los ojos encima a las aguas que se volvían cada vez más oscuras a medida que la luz abandonaba el día, por fin me respondió.
-Amotinados, escapados, prescindentes-repitió como si se tratara de una oración largamente aprendida. -No nos tiente, no nos mate. Váyase de una vez, por favor- suplicó. -Nunca debió haber venido.
Me quedé petrificada en el medio del camino mientras el chico se perdía en la playa. Creo que se metió en el mar pero ya no pude ver más. Volvía a sentirme mareada. Igual me subí al auto, definitivamente perdida, y empecé a dar vueltas sin rumbo por el pueblo. Estuve manejando dos horas y ya no tuve dudas. Empezaba a encontrar en esas apariciones un sentido perturbador. Hombres, sólo hombres por todos lados. Sin madres, ni hijas, ni esposas ni amantes ni hermanas. Aliados en la entereza y en la debilidad. Disminuí la marcha y reconocí en esos rostros exiliados, el mismo desafío y el mismo temor del que hacía pocos días había dejado la vida sobre mi cama. Había elegido la fuga a la resignación del motín.

Era yo ahora la que quería escaparse. Salir de ese pueblo habitado por quejas y sombras. Creí comprender la razón de la huída. Su dignidad, su entereza pero también su contradicción. Si se llegaba a ese límite, era la única salida. Sin embargo, me faltaba algo. Apenas calmada por esa deducción ya estaba alejándome de los amotinados, cuando un grupo de diez hombres, aparentemente recién llegados, ingresaban al pueblo montados en la parte trasera de una camioneta. Gracias a los vidrios polarizados, no pudieron verme aunque los ojos de uno de ellos se clavó en la ventana izquierda de mi auto y como si atravesara el vidrio, me descubrió. Saltó de la camioneta y empezó a hacerme señas para que me detuviera. Los demás siguieron su camino sin esperarlo.
Por pura curiosidad, frené y, sin bajarme, con cierto miedo, esperé a que se me acercara. Arañó con sus dos manos el vidrio y luego cayó, arrodillado. -Estoy arrepentido-me gritó. -Abra la puerta. Deme un trago.
Cuando la abrí, ya tenía un revólver apuntándole al pecho y los ojos, esperándome. Sólo entonces entendí completamente el sentido de todo. De mi viaje, de su arrepentimiento, del deseo de morir del hombre al que había amado.
-Acá viven los que no pudieron profundizar sus cicatrices- me confirmó. -Los que erraron el tiro en el último segundo, los que esquivaron el cuchillo antes de que fuera demasiado tarde, los que no apretaron la soga lo suficiente. Los que eligieron la vida quieta. Los sombríos, los perdedores, los cobardes.

Hizo el arma a un lado y extrajo del bolsillo un pequeño papel doblado y una pluma. Me arrodillé junto a él.
Dícteme-me suplicó. -Dícteme esas palabras que hubiese querido leer. Yo sé por qué está aquí.
Tomé su mano derecha, le coloqué una pluma y empecé a dictarle la que carta que nunca había existido para mí.
"Ningún chantaje a nadie" me oí decir como para aliviarme. Me demoré un segundo para buscar la próxima frase. Entonces escuché el tiro. Otro tiro ejecutado por otra mano derecha en otro corazón. La misma fuga. El mismo sin sentido de una vida cuando el amor la abandona. Su sangre salpicó el papel. Lo levanté del piso y lo guardé junto a mi corazón que se atrevía a seguir latiendo. Me subí al auto y manejé durante horas con el papel apretándome el pecho, sin poder decidirme : motín o fuga.

Desandé el camino hacia mi propia frontera. Volví a su tumba y lloré todas las lagrimas viejas. No tenía nuevas. Enterré la carta ajena, la del arrepentido, y empecé a cavar un hoyo para perderme yo misma. "Si el amor no vuelve, mi vida se va". Ése fue mi epitafio. A mi memoria, regresaron, silenciosas, las lágrimas del bandoneón y los eructos rancios de la ginebra. No alcanzaron.
Decidí no contar con la posibilidad del regreso.

Publicado por Cristina Civale

CIVILIZACION Y BARBARIE.CRISTINA CIVALE

Publicado: 20 julio, 2009 en BLOGS
 
 
 

Lunes 20 de Julio de 2009

Pensar la contemporaneidad: alunizaje 1.0

Luna4.jpg

Hoy se cumplen cuarenta años. El hombre -tres astronautas estadounidenses, bah- pisaron como flotando el suelo lunar y plantaron bandera, la de su país.