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Escucha Clarice Lispector – Las Aguas Del Mar (leído por Paula Iranzo) de pampi_iranzo en #SoundCloud
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Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el se humano un día hizo una pregunta sobre sí mismo, se volvió el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregarían dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Él sólo está delimitado para ella por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vacila en la playa, un perro negro. ¿Por qué es que un perro es tan libre? Porque es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación a la amplitud del mar porque es la exigüidad del cuerpo la que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad la que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en la arena. Ese cuerpo entrará en el frío ilimitado que sin rabia ruge en el silencio de las seis de la mañana. La mujer no lo sabe, pero está cumpliendo una resolución. Con la playa vacía, a esa hora de la mañana, no tiene el ejemplo de otros humanos que transforme la entrada en el mar en el simple juego liviano de vivir. Está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora, ella se conoce todavía menos de lo que conoce al mar. Su coraje es el de, no conociéndose, no obstante proseguir. No conocerse es fatal, y no conocerse exige coraje.

Va entrando. El agua salada es de un frío tal que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —la alegría es una fatalidad— ya la atrapó, aunque ni se le ocurre sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor a marejada embriagadora la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ella ahora está alerta, incluso sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda –y se abre camino en la gelidez que, líquida, se le opone y al mismo tiempo la deja entrar, como en el amor, en el que la oposición puede ser un pedido.

El andar lento aumenta su coraje secreto. Y de repente se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan ciega por unos instantes, escurriéndose toda —espantada, fertilizada.

Ahora el frío se transforma en frígido. Avanzando, ella abre el mar por la mitad. Ya no necesita coraje, ahora ya es antigua en el ritual. Sumerge la cabeza dentro del brillo del mar y emerge una cabellera que se escurre sobre los ojos salados que arden. Juega con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol ya se están endureciendo de sal. Con el cuenco de las manos hace lo que siempre hizo en el mar, y con la altivez de los que nunca darán explicaciones, ni siquiera a sí mismos: con el cuenco de las manos lleno de agua, bebe a grandes tragos, buenos.

Era eso lo que le estaba faltando: el mar por dentro, como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella es igual a sí misma. La garganta alimentada se cierra por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y vuelven, porque ella es una escollera compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe más agua, ahora sin avidez, porque ya no la necesita. Es la amante que sabe que volverá a tenerlo todo. El sol se abre más y la eriza al secarla, ella vuelve a zambullirse: está cada vez menos ávida y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere estar de pie, quieta en el mar. Y así se queda. Como contra los flancos de un barco, el agua golpea, vuelve, golpea. La mujer no recibe transmisiones. No necesita comunicarse.

Después, camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace milenios ya anduvieron sobre las aguas— pero nadie le quita: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal y de sol. Aunque lo olvide de aquí a unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son los de un náufrago. Porque sabe, sabe que corrió un peligro. Un peligro tan antiguo como el ser humano.

#claricelispector del libro #felicidadclandestina

No es que fuéramos amigos de larga data. Nos habíamos conocido recién en el último año de la escuela. Desde ese momento, estuvimos juntos a toda hora. Hacía tanto tiempo que necesitábamos un amigo que nada había que no nos confiáramos el uno al otro. Llegamos a un punto tal de amistad que ya no podíamos guardarnos los pensamientos: uno telefoneaba enseguida al otro e inmediatamente hacíamos una cita. Después de la conversación, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiésemos regalado mutuamente. Ese estado de comunicación continua llegó a una exaltación tal que, aquellos días en que no teníamos nada que confiarnos, buscábamos con cierta ansiedad un tema. Sólo que el tema debía ser grave, porque en un tema cualquiera no cabría la vehemencia de una sinceridad experimentada por primera vez.

Ya en aquella época aparecieron las primeras señales de perturbación entre nosotros. A veces uno de los dos llamaba por teléfono, nos encontrábamos, y no teníamos nada que decirnos. Éramos muy jóvenes y no sabíamos estar callados. Al principio, cuando empezó a faltarnos tema, intentamos hablar de otra gente. Pero ya sabíamos que estábamos adulterando el núcleo de la amistad. Intentar hablar de nuestras correspondientes novias también estaba fuera de cuestión, porque un hombre no habla de sus amores. Probamos quedarnos callados —pero ni bien nos separábamos, nos poníamos inquietos.

Mi soledad, al regreso de esos encuentros, era grande y árida. Llegué a leer libros sólo para poder hablar de ellos. Pero una amistad sincera requería la sinceridad más pura. En su búsqueda, comenzaba a sentirme vacío. Nuestros encuentros eran cada vez más decepcionantes. Mi sincera pobreza enseguida quedaba al descubierto. También él, yo lo sabía, había llegado a una encrucijada.

Entonces, como mi familia se había mudado a San Pablo y él vivía solo, porque su familia era de Piauí, lo invité a vivir en nuestro departamento, que había quedado a mi cuidado. Qué efervescencia de alma. Radiantes, acomodábamos nuestros libros y discos, preparábamos un ambiente perfecto para la amistad. Cuando todo estuvo listo: henos ahí, dentro de la casa, de brazos cruzados, mudos, llenos apenas de amistad.

¡Queríamos tanto salvar al otro! La amistad es cuestión de salvación.

Pero todos los problemas ya habían sido tratados, todas las posibilidades estudiadas. Sólo teníamos aquello que hasta entonces habíamos buscado sedientos y por fin encontrado: una amistad sincera. Único modo, lo sabíamos, y con cuánta amargura lo sabíamos, de salir de la soledad que el espíritu tiene en el cuerpo.

¡Pero cómo se nos revelaba sintética la amistad! Como si quisiéramos expandir en un largo discurso la obviedad que una sola palabra agotaría. Nuestra amistad era tan insoluble como la suma de dos números: inútil querer prolongar por más de un instante la certeza de que dos y tres son cinco.

Intentamos organizar algunas fiestas en el departamento, pero no sólo protestaron los vecinos sino que no sirvió de nada.

Si por lo menos hubiéramos podido hacernos favores. Pero ni había oportunidad, ni creíamos en dar pruebas de amistad que nuestra amistad no necesitaba. Lo más que podíamos hacer era lo que hacíamos: saber que éramos amigos. Lo que no bastaba para llenar los días, sobre todo las largas vacaciones.

De esas vacaciones data el comienzo de la verdadera aflicción.

Él, a quien nada podía yo darle salvo mi sinceridad, pasó a ser una acusación de mi pobreza. Además de eso, la soledad de uno junto al otro, escuchando música o leyendo, era mucho mayor que cuando estábamos solos. Y, más que mayor, incómoda. No había paz. Después, cuando íbamos cada cual para su cuarto, con alivio ni nos mirábamos.

Es verdad que hubo una pausa en el curso de las cosas, una tregua que nos dio más esperanzas de las que en realidad cabía tener. Fue cuando mi amigo tuvo un pequeño problema con la Prefectura. No fue nada grave, pero nosotros cargamos las tintas para sacarle provecho. Porque para entonces ya habíamos caído en la facilidad de hacer favores. Recorrí entusiasmado las oficinas de los conocidos de mi familia, pidiendo recomendaciones para mi amigo. Y cuando comenzó la etapa de sellar papeles, corrí por toda la ciudad —puedo decir a conciencia que no hubo firma que no se ratificara sino a través de mis oficios.

En aquella época, nos encontrábamos de noche en casa, exhaustos y animados: nos contábamos las hazañas del día, planeábamos los próximos ataques. No profundizábamos mucho en lo que estaba ocurriendo, bastaba que todo aquello tuviera el cuño de la amistad. Creí comprender por qué los novios se hacen regalos, por qué el esposo se ocupa de confortar a la esposa y ésta le prepara afanosa la comida, por qué la madre exagera los cuidados al hijo. Fue además en ese período que, con algún sacrificio, le di un pequeño broche de oro a aquella que es hoy mi mujer. Sólo mucho después comprendería que estar también es dar.

Terminada la cuestión con la Prefectura —dicho sea de paso, con nuestra victoria— continuamos uno junto al otro, sin encontrar aquella palabra que entregaría el alma. ¿Entregar el alma? ¿Pero al final de cuentas, quién quería entregar el alma? A quién se le ocurre.

¿Al final, qué queríamos? Nada. Estábamos fatigados, desengañados.

Con el pretexto de pasar las vacaciones con mi familia, nos separamos. Además, él también se iba a Piauí. Un apretón de manos conmovido fue nuestro adiós en el aeropuerto. Sabíamos que no nos veríamos más, salvo por casualidad. Más que eso: que no queríamos volver a vernos. Y sabíamos también que éramos amigos. Amigos sinceros.

(De “Felicidad clandestina”, op. cit. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc).

Fotografía de Alex Mazurov

Los espejos ¿Qué es un espejo? No existe la palabra espejo, sólo espejos, porque uno solo es una infinidad de espejos. ¿En algún lugar del mundo hay una mina de espejos? No hacen falta muchos para tener una mina centelleante y sonámbula: bastan dos y uno refleja el reflejo de lo que el otro reflejó, con un temblor que se transmite como un mensaje intenso e insistente ad infinitum, liquidez en la que se puede sumergir la mano fascinada y retirarla goteando reflejos, los reflejos de esa agua dura. ¿Qué es un espejo? Como la bola de cristal de los videntes, me arrastra al vacío que para el vidente es su campo de meditación y para mí el campo de silencios y silencios. Ese vacío cristalizado que tiene dentro de sí espacio para seguir siempre adelante sin parar; porque el espejo es el espacio más profundo que existe. Y es algo mágico: quien tiene un trozo roto puede irse a meditar con él al desierto. De donde volvería también vacío, iluminado y translúcido, y con el mismo silencio vibrante de un espejo. Su forma no importa; ninguna forma consigue circunscribirlo y alterarlo, no existe un espejo cuadrangular o circular: un pequeño pedazo es siempre todo el espejo: se saca de su marco y crece como se derrama el agua. ¿Qué es un espejo? Es el único material inventado que es natural. Quien mira un espejo y consigue al mismo tiempo la independencia de sí mismo, quien consigue verlo sin verse, quien entiende que su profundidad consiste en que está vacío, quien camina hacia el interior de su espacio transparente sin dejar en él el vestigio de la propia imagen, ha entendido su misterio. Para eso hay que sorprenderlo en su soledad, cuando está colgado en un cuarto vacío, sin olvidar que la más fina aguja frente a él podría transformarlo en la imagen de una aguja. Debo de haber necesitado mi propia delicadeza para no atravesarlo con mi propia imagen, porque un espejo en el que me veo soy yo, pero el espejo vacío es realmente el espejo vivo. Sólo una persona muy delicada puede entrar en el cuarto vacío donde hay un espejo vacío, con una ligereza tal, con una ausencia de sí misma tal, que la imagen no se marque. Como premio, esa persona delicada habrá penetrado entonces en uno de los secretos inviolables de las cosas: he visto el espejo propiamente dicho. Y he descubierto los enormes espacios helados que tiene en sí, sólo interrumpidos por algún que otro bloque de hielo. En otro instante, éste muy infrecuente –y es necesario estar al acecho días y noches, ayunando de uno mismo, para poder captar ese instante–, en ese instante conseguí sorprender la sucesión de oscuridades que hay dentro de él. Después, sólo en blanco y negro, recobré también, con un escalofrío, una de sus verdades más difíciles: su gélido silencio sin color. Hay que entender la violenta ausencia de color de un espejo para poder recrearlo, como si se recrease la violenta ausencia de sabor del agua.

De Para no olvidar, Crónicas y otros textos, Colección Libros del tiempo

Editorial Siruela 2010

Clarice Lispector
(Ucrania 1920 – RJ, Brasil, 1977)
de Para no olvidar, Crónicas y otros textos, Colección Libros del tiempo,
Editorial Siruela, 2010

Traducción de Elena Losada

O RECRUTAMENTO

Os passos estão se tornando mais nítidos. Um pouco mais próximos. Agora soam quase perto. Ainda mais. Agora mais perto do que poderiam estar de mim. No entanto continuam a se aproximar. Agora não estão mais perto, estão em mim. Vão me ultrapassar e prosseguir? É a minha esperança. Não sei mais com que sentido percebo distâncias. É que os passos agora não estão apenas próximos e pesados. Já não estão apenas em mim. Eu marcho com eles.

EL RECLUTAMIENTO

Los pasos se están volviendo más nítidos. Un poco más próximos. Ahora suenan casi cerca. Todavía más. Ahora más cerca de lo que podrían estar de mí. Sin embargo continúan acercándose. Ahora no están más cerca, están en mí. ¿Van a sobrepasarme y a seguir? Es mi esperanza. Ya no sé con qué sentido percibo las distancias. Es que los pasos ahora ya no sólo están próximos y fuertes. Ya no sólo están en mí. Yo marcho con ellos.

https://libroemmagunst.blogspot.com/2013/01/clarice-lispector-el-reclutamiento.html?m=1