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El día que fuimos perros no fue un día cualquiera, aunque empezó como todos los días. Despertamos a las seis de la mañana y supimos que era un día con dos días adentro. Echada boca arriba, Eva abrió los ojosy, sin cambiar de postura, miró a un día y miró al otro. Hacía ya rato que yo los había abierto y que, para no ver la inmensidad de la casa vacía, la miraba a ella. ¿Por qué no nos habíamos ido a México? Todavía no lo sé. Pedimos quedarnos y nadie se opuso a nuestro deseo. La víspera, el corredor se llenó de maletas: todos huían del calor de agosto. Muy temprano las maletas se fueron en un carricoche de caballos; sobre la mesa quedaron las tazas de café con leche a medio beber y la avena cuajada en los platos. Cayeron sobre las losas del corredor los consejos y las recomendaciones. Eva y yo los miramos desdeñosas. Éramos dueñas de los patios, los jardines y los cuartos. Cuando tomamos posesión de la casa, nos cayó encima un gran peso. ¿Qué podíamos hacercon los arcos, las ventanas, las puertas y los muebles? El día se volvió sólido, el cielo violeta se cargó de papelones oscuros y el miedo se instaló en los pilares y las plantas. En silencio deambulamos por la casa y vimos nuestros pelos convertirse en harapos. No teníamos nada que hacer, ni nadie a quién preguntarle qué hacer. En la cocina, los sirvientes se acurrucaron alrededor del brasero, para comer y dormitar. No se tendieron las camas; nadie regó los helechos, ni levantó las tazas sucias de la mesa del comedor. Al oscurecer, los cantos de los criados nos llegaron cargados de crímenes y penas y la casa se hundió en ese día, como una piedra en una barranca muy hondDespertamos decididas a no repetir la víspera. El nuevo día brillaba doble e intacto. Eva miró los dos días paralelos que brillaban como dos rayas escritas en el agua. Después, contempló el muro, en donde estaba Cristo con su túnica blanca. Pasó luego los ojos al otro cuadro, que mostraba la imagen de Buda envuelto en su túnica naranja, pensativo, en medio de un paisaje amarillento. Entre los dos cuadros que vigilaban su cabecera Eva había colocado un recorte de periódico con una fotografía en la que una señora de boina se paseaba en una lancha. «La Krupskaia en el Neva» decía el pie de la fotografía.
—Me gustan los rusos —dijo Eva, y en seguida palmoteó para llamar a los criados. Nadie acudió a su llamado. Nos miramos sin sorpresa. Eva palmoteaba desde uno de los días y sus palmadas no llegaban al día de la cocina.
—Vamos a husmear —me dijo.
Y saltó a mi cama para mirarme de cerca. El pelo rubio le cubría la frente. De mi cama salió al suelo, se puso un dedo en los labios y penetró con cautela por el día que avanzaba paralelo al otro. Yo la seguí. Nadie. El día estaba solo y era tan temible como el otro. Los árboles quietos, el cielo redondo, verde como una pradera tierna, sin nadie también, sin un caballo, sin un jinete, abandonado. Del pozo salía el calor de agosto, que había provocado la huida a México. Echado junto a un árbol estaba Toni. Ya le habían puesto la cadena. Nos miró atento y vimos que él estaba en nuestro día.
—Es bueno Toni —dijo Eva y le acarició la boca abierta.
Después se echó junto a él y yo me eché del otro lado.
—¿Ya desayunaste, Toni?
Toni no contestó, sólo nos miró con tristeza. Eva se levantó y desapareció entre las plantas. Volvió corriendo y se echó otra vez junto a Toni.
—Ya les dije que preparen la comida para tres perros y ninguna gente.
Yo no pregunté nada. Junto a Toni la casa había perdido peso. Por el suelo del día caminaban dos hormigas; una lombriz se asomó por un agujerito, la toqué con la punta de un dedo y se volvió un anillo rojo. Había pedazos de hojas, trocitos de ramas, piedras minúsculas y la tierra negra olía a agua de magnolia. El otro día estaba a un lado. Toni, Eva y yo, mirábamos sin miedo sus torres gigantescas y sus vientos fijos de color morado.
—Tú, ¿cómo vas a llamarte? Busca tu nombre de perro, yo estoy buscando el mío.
—¿Soy perro?

—Sí, somos perros.

Acepté y me acerqué más a Toni, que movió la cabeza disgustado. Recordé que él no se iría al cielo: yo correría su misma suerte. «Los animales no van al cielo». Nuestro Señor Jesucristo no había puesto en el cielo un lugar para perros. El señor Buda tampoco había puesto un lugar en el Nirvana para perros. En la casa era muy importante ser bueno para ganar el cielo. No podíamos ahorrar, ni matar animales; éramos vegetarianos y los domingos tirábamos el domingo por el balcón, para que lo recogiera alguien y aprendiéramos a no guardar nada. Vivíamos al día. La gente del pueblo husmeaba por los balcones de la casa: «Son españoles», decían y nos miraban de soslayo. Nosotros no sabíamos que no éramos de allí porque allí estábamos ganando el cielo, cualquiera de los dos: el blanco y azul o el naranja y amarillo. Ahora en ninguno de los dos había lugar para nosotros tres. Los alquimistas, los griegos, los anarquistas, los románticos, los ocultistas, los franciscanos y los romanos, ocupaban los anaqueles de la biblioteca y las conversaciones de la mesa. Tenían un lugar aparte los Evangelios, los Vedas y los poetas. Para los perros no había más lugar que el pie del árbol. ¿Y después? Después estaríamos tirados en cualquier llano.

—Ya encontré mi nombre.
—¿Ya? —Eva se enderezó curiosa.

—Sí: Cristo.

Eva me miró con envidia.
—¿Cristo? Es buen nombre de perro.
Eva acomodó la cabeza sobre las patas delanteras y cerró los ojos.
—También yo encontré el mío —dijo enderezándose de pronto.
—¿Cuál?

—¡Buda!

—Es muy buen nombre de perro.
Y el Buda se echó junto al Toni y empezó a gruñir de gusto.
Nadie vino a visitar el día de Toni, del Cristo y del Buda. La casa estaba lejos, metida en su otro día. Las campanadas del reloj de la iglesia no indicaban nada. El suelo empezó a volverse muy caliente: las lombrices entraron en sus agujeros, los pinacates buscaron los lugares húmedos debajo de las piedras, las hormigas cortaron hojas de acacia, que les servían de sombrillas verdes. En el lugar de los perros había sed. El Buda ladró con impaciencia para pedir agua, el Toni lo imitó y en seguida el Cristo se unió a los ladridos. Por un caminito lejano aparecieron los pies de Rutilio calzados con huaraches. Traía tres jarros llenos de agua. Indiferente, le puso un jarro a Toni, miró al Cristo y al Buda y les colocó un jarro cerca del hocico. Rutilio acarició las cabezas de los perros y ellos agradecidos movieron los rabos. Fue difícil beber agua con la lengua. Más tarde el criado viejo trajo la comida en una olla y la sirvió en una cazuela grande. El arroz de los perros tenía huesos y carne. El Cristo y el Buda se miraron atónitos: ¿los perros no son vegetarianos? El Toni levantó el labio superior, gruñó feroz desde sus colmillos blancos y cogió con presteza los pedazos de carne. El Cristo y el Buda metieron el hocico en la cazuela y comieron el arroz mojado como engrudo. Toni terminó y soñoliento miró a sus compañeros que comían a lengüetadas. Después, también ellos se recostaron sobre sus patas delanteras. El sol quemaba, el suelo quemaba y la comida de los perros pesaba como una bolsa de piedras. Se quedaron dormidos en su día, apartados del día de la casa. Los despertó un cohete que venía del otro día. Siguió un gran silencio. Alertas, escucharon la otra tarde. Estalló otro cohete y los tres perros echaron a correr en dirección al ruido. El Toni no pudo avanzar en la carrera, porque la cadena lo retuvo junto al árbol. El Cristo y el Buda saltaron por encima de las matas rumbo al portón.

—¿Dónde van, mocosas desgraciadas? —les gritó Rutilio desde el otro día.

Los perros llegaron al zaguán; les fue difícil abrir el portón, los cerrojos estaban muy altos. Al fin, salieron a la calle iluminada por el sol de las cuatro de la tarde. La calle brillaba esplendorosa como una imagen fija. Las piedras relucían en el polvo. No había nadie. Nadie, sino los dos hombres bañados en sangre, abrazados en su lucha. El Buda se sentó en el filo de la acera y los miró con los ojos muy abiertos. El Cristo se acomodó muy cerca del Buda y también los miró con asombro. Los hombres se quejaban en el otro día: «¡Ya vas a ver!»… «¡Ajay! ¡Hijo de la chingada!»… Sus voces sofocadas venían desde muy lejos. Uno detuvo la mano del que llevaba la pistola y con la mano libre le tatuó el pecho con su cuchillo. Estaba abrazado al cuerpo del otro y, como si las fuerzas no le alcanzaran, se deslizaba hacia el suelo en el abrazo. El hombre de la pistola aguantaba firme, de pie en la tarde esplendorosa. Su camisa y sus pantalones blancos se llenaban de sangre. Con un movimiento liberó su mano presa y puso la pistola en la mitad de la frente de su enemigo arrodillado. Un ruido seco partió en dos a la otra tarde, y abrió un agujero en la frente del hombre arrodillado. El hombre cayó boca arriba y miró al cielo con fijeza.

—¡Cabrón! —exclamó el hombre de pie sobre las piedras, mientras sus piernas seguían lloviendo sangre. Luego también él levantó los ojos para mirar al mismo cielo, y al cabo de un rato los volvió hacia los perros, que a dos metros de distancia, sentados en el borde de la acera, lo miraban boquiabiertos.

Todo quedó quieto. La otra tarde se volvió tan alta, que abajo la calle quedó fuera de ella. A lo lejos aparecieron varios hombres con fusiles. Venían como todos los hombres, de blanco, con los sombreros de palma sobre la cabeza. Caminaban con lentitud. El golpe de sus huaraches resonaba desde muy lejos. En la calle no había árboles para amortiguar el ruido de los pasos; sólo muros blancos, contra los cuales retumbaban cada vez más cerca las pisadas, como redoble de tambores en día de fiesta. El estruendo se detuvo de golpe, cuando llegaron junto al hombre herido.
—¿Tú lo mataste?
—Yo mismo, pregúntenle a las niñas.
Los hombres miraron a los perros.

—¿Ustedes lo vieron?

—¡Guau! ¡Guau! —contestó el Buda.
—¡Guau! ¡Guau! —respondió el Cristo.
—Pues llévenselo.
Se llevaron al hombre y de él no quedaron más rastros que la sangre sobre las piedras de la calle. Iba escribiendo su final, los perros leyeron su destino de sangre y se volvieron a mirar al muerto.

Pasó un tiempo, el portón de la casa seguía abierto, y los perros absortos, sentados en el borde de la acera, seguían mirando al muerto. Una mosca se asomó a la herida de su frente, después se limpió las patas y se fue a los cabellos. Al cabo de un instante volvió a la frente, miró la herida y se limpió las patas otra vez. Cuando la mosca volvió a la herida, llegó una mujer y se tiró sobre el muerto. Pero a él no le importó ni la mosca ni la mujer. Impávido siguió mirando al cielo. Vinieron otras gentes y se inclinaron a mirar sus ojos. Empezó a oscurecer y el Buda y el Cristo siguieron allí, sin moverse y sin ladrar. Parecían dos perros callejeros y nadie se ocupaba de ellos.

—¡Eva! ¡Leli! —gritaron desde muy arriba. Los perros se sobresaltaron.
—¡Ya van a ver cuando lleguen sus padres! ¡Ya van a ver!
Rutilio los metió a la casa. Colocó una silla en el corredor, muy cerca de la pared y se sentó solemne a ver a los perros, que, echados a sus pies, lo miraban atentos. Candelaria trajo un quinqué encendido y pavoneándose se volvió a la cocina. Al poco rato los cantos inundaron la casa de tristeza.
—¡Por su culpa yo no puedo ir a cantar…! ¡Maldosas! —se quejó Rutilio.
El Cristo y el Buda lo escucharon desde el otro día. Rutilio, su silla, el quinqué y el muerto, estaban en el día paralelo, separado del otro por una raya invisible.
—Ya van a ver, vendrán las brujas a chuparles la sangre. Dicen que les gusta mucho la sangre de los «güeros». Le voy a decir a Candelaria que deje las cenizas encendidas, para que ellas se calienten las canillas. Del brasero irán a su cama a deleitarse. ¡Eso merecen por canijas!
El fogón con las cenizas encendidas, Candelaria, Rutilio, los cantos y las brujas, pasaban delante de los ojos de los perros como figuras proyectadas en un tiempo ajeno. Las palabras de Rutilio circulaban por el corredor sin fondo de la casa y no los tocaban. En el suelo del día de los perros, había cochinillas que se iban a dormir. El sueño de las cochinillas era contagioso y el Cristo y el Buda, acurrucados sobre sus patas delanteras, cabecearon.
—¡Vengan a cenar!
Los sentaron en el suelo de la cocina, en el círculo de criados que bebían alcohol, y les dieron un plato de frijoles con longaniza. Los perros se caían de sueño. Antes de ayer todavía cenaban avena con leche y el gusto de la longaniza les produjo náuseas.
—¡Llévatelas a la cama, parecen borrachas!
Los pusieron en la misma cama, apagaron el quinqué y se fueron. Los perros se durmieron en el otro día, al pie del árbol, con la cadena al cuello, cerca de las hormigas de sombrilla verde y las lombrices rojas. Al cabo de un rato despertaron sobresaltados. El día paralelo estaba allí, sentado en la mitad del cuarto. Los muros respiraban ceniza ardiente, por las rendijas las brujas espiaban las venas azules de sus sienes. Estaba todo muy oscuro. En una de las camas estaba el muerto con la frente abierta; a su lado, de pie, el hombre tatuado chorreaba sangre. Muy lejos, en el fondo del jardín, dormían los criados; la ciudad de México, con sus padres y con sus hermanos, quién sabe dónde estaba. En cambio, el otro día estaba allí, muy cerca de ellas, sin un ladrido, con sus muertos fijos, en la tarde fija, con la mosca enorme asomándose a la herida enorme y limpiándose las patas. En el sueño, sin darnos cuenta, pasamos de un día al otro y perdimos al día en que fuimos perros.
—No te asustes, somos perros…
Pero Eva sabía que ya no era verdad. Habíamos descubierto que el cielo de los hombres no era el mismo que el cielo de los perros.
Los perros no compartían el crimen con nosotros.

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en un lugar de la bibliografía del que no quiero acordarme, se explicó alguna vez que hay escaleras para subir y escaleras para bajar; lo que no se dijo entonces es que también puede haber escaleras para ir hacia atrás. Los usuarios de estos útiles artefactos comprenderán, sin excesivo esfuerzo, que cualquier escalera va hacia atrás si uno la sube de espaldas, pero lo que en esos casos está por verse es el resultado de tan insólito proceso. Hágase la prueba con cualquier escalera exterior. Vencido el primer sentimiento de incomodidad e incluso de vértigo, se descubrirá a cada peldaño un nuevo ámbito que, si bien forma parte del ámbito del peldaño precedente, al mismo tiempo lo corrige, lo critica y lo ensancha. Piénsese que muy poco antes, la última vez que se había trepado en la forma usual por esa escalera, el mundo de atrás quedaba abolido por la escalera misma, su hipnótica sucesión de peldaños; en cambio, bastará subirla de espaldas para que un horizonte limitado al comienzo por la tapia del jardín, salte ahora hasta el campito de los Peñaloza, abarque luego el molino de la Turca, estalle en los álamos del cementerio y, con un poco de suerte, llegue hasta el horizonte de verdad, el de la definición que nos enseñaba la señorita de tercer grado. ¿Y el cielo? ¿Y las nubes? Cuéntelas cuando esté en lo más alto, bébase el cielo que le cae en plena cara desde su inmenso embudo. A lo mejor después, cuando gire en redondo y entre en el piso alto de su casa, en su vida doméstica y diaria, comprenderá que también allí había que mirar muchas cosas en esa forma, que también en una boca, un amor, una novela, había que subir hacia atrás. Pero tenga cuidado, es fácil tropezar y caerse. Hay cosas que sólo se dejan ver mientras se sube hacia atrás y otras que no quieren, que tienen miedo de ese ascenso que las obliga a desnudarse tanto; obstinadas en su nivel y en su máscara se vengan cruelmente del que sube de espaldas para ver lo otro, el campito de los Peñaloza o los álamos del cementerio. Cuidado con esa silla; cuidado con esa mujer.

Historias de cronopios y de famas (1962)

Para algunos puede ser sencillo atestiguar, al hilo del tiempo, todo aquello que comienza y que termina: los días, los proyectos que emprendemos, el cuerpo que habitamos. Todo, en cierta forma, parece inscrito en ese ciclo que en la inevitabilidad del fin se nos presenta como un destino inclemente.

¿Qué pasaría, sin embargo, si por un momento pudiéramos pensar fuera de la dualidad? Es decir, experimentar nuestra existencia fuera de esos conceptos. En la vida, es cierto, casi todo tiene un comienzo y un fin, pero si reflexionamos al respecto, nos daremos cuenta que ninguno de los dos es definitivo, que todo suele comenzar siempre de nuevo y que aquello que termina no necesariamente se acaba, sino que puede retomarse, renacer, cobrar nueva vida y nuevas formas.

A propósito de esta posibilidad, compartimos ahora un párrafo de José Saramago que refuta con elocuencia la supuesta oposición entre comienzo y final, sobre todo en relación con la existencia.

El viajero vuelve al camino

“No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: ”No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”

El fragmento puede encontrarse en Viaje a Portugal, el libro que Saramago escribió luego de recorrer su propio país como si no lo conociera, un gesto que, al igual que el texto anterior, nos da una valiosa lección.

Porque, finalmente, también es posible vivir la vida así: como si no la conociéramos, como si no acabara nunca, como si estuviera empezando en este instante.

esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

No es que fuéramos amigos de larga data. Nos habíamos conocido recién en el último año de la escuela. Desde ese momento, estuvimos juntos a toda hora. Hacía tanto tiempo que necesitábamos un amigo que nada había que no nos confiáramos el uno al otro. Llegamos a un punto tal de amistad que ya no podíamos guardarnos los pensamientos: uno telefoneaba enseguida al otro e inmediatamente hacíamos una cita. Después de la conversación, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiésemos regalado mutuamente. Ese estado de comunicación continua llegó a una exaltación tal que, aquellos días en que no teníamos nada que confiarnos, buscábamos con cierta ansiedad un tema. Sólo que el tema debía ser grave, porque en un tema cualquiera no cabría la vehemencia de una sinceridad experimentada por primera vez.

Ya en aquella época aparecieron las primeras señales de perturbación entre nosotros. A veces uno de los dos llamaba por teléfono, nos encontrábamos, y no teníamos nada que decirnos. Éramos muy jóvenes y no sabíamos estar callados. Al principio, cuando empezó a faltarnos tema, intentamos hablar de otra gente. Pero ya sabíamos que estábamos adulterando el núcleo de la amistad. Intentar hablar de nuestras correspondientes novias también estaba fuera de cuestión, porque un hombre no habla de sus amores. Probamos quedarnos callados —pero ni bien nos separábamos, nos poníamos inquietos.

Mi soledad, al regreso de esos encuentros, era grande y árida. Llegué a leer libros sólo para poder hablar de ellos. Pero una amistad sincera requería la sinceridad más pura. En su búsqueda, comenzaba a sentirme vacío. Nuestros encuentros eran cada vez más decepcionantes. Mi sincera pobreza enseguida quedaba al descubierto. También él, yo lo sabía, había llegado a una encrucijada.

Entonces, como mi familia se había mudado a San Pablo y él vivía solo, porque su familia era de Piauí, lo invité a vivir en nuestro departamento, que había quedado a mi cuidado. Qué efervescencia de alma. Radiantes, acomodábamos nuestros libros y discos, preparábamos un ambiente perfecto para la amistad. Cuando todo estuvo listo: henos ahí, dentro de la casa, de brazos cruzados, mudos, llenos apenas de amistad.

¡Queríamos tanto salvar al otro! La amistad es cuestión de salvación.

Pero todos los problemas ya habían sido tratados, todas las posibilidades estudiadas. Sólo teníamos aquello que hasta entonces habíamos buscado sedientos y por fin encontrado: una amistad sincera. Único modo, lo sabíamos, y con cuánta amargura lo sabíamos, de salir de la soledad que el espíritu tiene en el cuerpo.

¡Pero cómo se nos revelaba sintética la amistad! Como si quisiéramos expandir en un largo discurso la obviedad que una sola palabra agotaría. Nuestra amistad era tan insoluble como la suma de dos números: inútil querer prolongar por más de un instante la certeza de que dos y tres son cinco.

Intentamos organizar algunas fiestas en el departamento, pero no sólo protestaron los vecinos sino que no sirvió de nada.

Si por lo menos hubiéramos podido hacernos favores. Pero ni había oportunidad, ni creíamos en dar pruebas de amistad que nuestra amistad no necesitaba. Lo más que podíamos hacer era lo que hacíamos: saber que éramos amigos. Lo que no bastaba para llenar los días, sobre todo las largas vacaciones.

De esas vacaciones data el comienzo de la verdadera aflicción.

Él, a quien nada podía yo darle salvo mi sinceridad, pasó a ser una acusación de mi pobreza. Además de eso, la soledad de uno junto al otro, escuchando música o leyendo, era mucho mayor que cuando estábamos solos. Y, más que mayor, incómoda. No había paz. Después, cuando íbamos cada cual para su cuarto, con alivio ni nos mirábamos.

Es verdad que hubo una pausa en el curso de las cosas, una tregua que nos dio más esperanzas de las que en realidad cabía tener. Fue cuando mi amigo tuvo un pequeño problema con la Prefectura. No fue nada grave, pero nosotros cargamos las tintas para sacarle provecho. Porque para entonces ya habíamos caído en la facilidad de hacer favores. Recorrí entusiasmado las oficinas de los conocidos de mi familia, pidiendo recomendaciones para mi amigo. Y cuando comenzó la etapa de sellar papeles, corrí por toda la ciudad —puedo decir a conciencia que no hubo firma que no se ratificara sino a través de mis oficios.

En aquella época, nos encontrábamos de noche en casa, exhaustos y animados: nos contábamos las hazañas del día, planeábamos los próximos ataques. No profundizábamos mucho en lo que estaba ocurriendo, bastaba que todo aquello tuviera el cuño de la amistad. Creí comprender por qué los novios se hacen regalos, por qué el esposo se ocupa de confortar a la esposa y ésta le prepara afanosa la comida, por qué la madre exagera los cuidados al hijo. Fue además en ese período que, con algún sacrificio, le di un pequeño broche de oro a aquella que es hoy mi mujer. Sólo mucho después comprendería que estar también es dar.

Terminada la cuestión con la Prefectura —dicho sea de paso, con nuestra victoria— continuamos uno junto al otro, sin encontrar aquella palabra que entregaría el alma. ¿Entregar el alma? ¿Pero al final de cuentas, quién quería entregar el alma? A quién se le ocurre.

¿Al final, qué queríamos? Nada. Estábamos fatigados, desengañados.

Con el pretexto de pasar las vacaciones con mi familia, nos separamos. Además, él también se iba a Piauí. Un apretón de manos conmovido fue nuestro adiós en el aeropuerto. Sabíamos que no nos veríamos más, salvo por casualidad. Más que eso: que no queríamos volver a vernos. Y sabíamos también que éramos amigos. Amigos sinceros.

(De “Felicidad clandestina”, op. cit. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc).

Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.

Pobres negros.

Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.

Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.

Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

Kavafis, “Itaca”
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

https://ciudadseva.com/autor/constantino-cavafis/poemas/