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Tel Aviv era un horno. Nunca supe si en el aeropuerto Ben Gurión no había aire acondicionado o si ese día no estaba funcionando o si tal vez alguien había decidido no encenderlo para que así los turistas nos adaptáramos rápido a la pastosa humedad del Mediterráneo. Mi hermano y yo estábamos de pie, agotados, desvelados, esperando a que salieran nuestras maletas. Era casi medianoche y el aeropuerto ya no parecía un aeropuerto. Me extrañó ver que algunos pasajeros, también esperando sus maletas, habían encendido cigarros, y entonces yo también saqué uno y lo encendí y de inmediato el humo amargo me refrescó un poco. Mi hermano me lo arrebató. Soltó un suspiro de humo entre indignado y rabioso y murmuró alguna injuria mientras se secaba la frente con la manga de su playera. Ninguno de los dos quería estar allí, en Tel Aviv, en Israel.
Nuestra hermana menor había decidido casarse. Nos llamó a Guatemala desde un teléfono público para decir que había conocido a un judío ortodoxo norteamericano, o más bien que los rabinos de su yeshivá de Jerusalén le habían presentado a un judío ortodoxo norteamericano, de Nueva York, de Brooklyn, y que habían tomado la decisión —nunca entendí quiénes, si los rabinos o ellos dos— de casarse. Mi papá agarró el teléfono, gritó un rato, intentó disuadirla otro rato, y después, resignado, le pidió o suplicó que nos esperara, que íbamos en camino. Llevaba ella casi dos años viviendo y estudiando la Torá y otros textos rabínicos en una yeshivá de mujeres en Jerusalén. Al principio todos pensamos que era nada más una leve fiebre sionista o hebraica, un arrebato juvenil por encontrar manifestaciones más profundas de la religión de nuestros abuelos, y que ya se le pasaría. Pero pronto empezó a cambiar su discurso. En cartas, en llamadas, sus palabras ya no eran suyas. Su lenguaje se fue tornando, como sucede siempre con gente repentinamente devota, en un lenguaje arisco y frívolo, en una prédica nada tolerante. Cambió legalmente su nombre a la versión en hebreo. Empezó a enviarnos fotos donde salía tapándose —a veces con un pañuelo, a veces con una peluca— sus hermosos rizos negros: según las reglas y costumbres judías ortodoxas, nos explicó, la belleza de una mujer se manifiesta en su cabello, que es una tentación para los hombres, y ellas, por tanto, deben esconderlo.
Igual con la piel. Mi hermana, joven y guapa, ya sólo usaba vestidos flojos, largos, de una pieza, que no mostraran sus hombros, ni su cuello, ni sus brazos, ni mucho menos sus piernas. Como si fuese prisionera de un atuendo. Como si la tentación pudiese ocultarse nada más bajo un vestido flojo y una peluca. Recuerdo que durante ese tiempo una sola vez volvió a Guatemala, de visita. Nos advirtió con arrogancia que ya no podía tocar a ningún hombre al saludarlo; que sus comidas las prepararía ella misma en las dos vajillas que traía desde Israel, una para lácteos y otra para carnes; que en las veinticuatro horas que dura el shabát teníamos prohibido montarnos a un auto, trabajar, leer, echar agua en todos los inodoros de la casa excepto uno —ni idea de por qué—, encender cualquier lámpara salvo aquellas que, estratégicamente, ella había dejado encendidas desde el ocaso del viernes previo y debían mantenerse encendidas hasta el ocaso del sábado. En algún momento, recuerdo, sentados los cinco alrededor del comedor de la casa de mis padres, mi hermana nos anunció tajante que, según ella, según sus nuevos maestros y rabinos ortodoxos, nosotros cuatro no éramos judíos. Mi papá pegó un par de alaridos. Mi mamá se puso de pie y se marchó llorando, y mi hermano se fue tras ella. Vaya, le respondí a mi hermana, al menos en eso sí estamos de acuerdo.
El carrusel negro seguía inmóvil. Llevábamos casi una hora esperando que salieran las maletas. Aunque mi hermano refunfuñaba de cuando en cuando, ningún otro pasajero parecía muy molesto, tampoco muy sorprendido. Quizás porque todos sabíamos que las medidas de seguridad en Israel son mayores. Quizás porque después de tantas horas de vuelo uno nada más agradece ya no estar metido en su medio metro de avión. ¿Cuánto es de aquí al hotel?, me preguntó mi hermano. Todavía nos faltaba el trayecto en taxi a Jerusalén. Mis papás habían llegado unos días antes para no sé qué preparativos de la boda y nos habían dicho que al salir del aeropuerto tomáramos un taxi al hotel Kadima, en Jerusalén, que no era más de media hora de viaje, que allí nos estarían esperando. Iba a contestarle a mi hermano que aproximadamente media hora, cuando de pronto me encandiló un batallón de aeromozas de Lufthansa. Eran cinco o seis chicas, todas vestidas con sus relucientes uniformes de Lufthansa y con sus gorritas amarillas de Lufthansa y sonriendo sus enormes sonrisas de Lufthansa. Nosotros habíamos volado en Lufthansa, vía Frankfurt, donde el avión, primero estacionado en la puerta de embarque y luego en su recorrido lento hacia el despegue, fue vigilado y escoltado por dos patrullas de la policía alemana y una tanqueta militar.
Las cinco o seis aeromozas se dirigieron juntas hacia un pasajero que estaba fumando recostado contra un enorme cartel de cerveza. Yo de inmediato me sentí culpable y machaqué mi cigarro en el suelo. El señor, un tipo de tal vez cincuenta años, calvo, gordo, pálido, sudoroso, en pantalón corto y sandalias de hule, les mostró su pasaporte y su boleto y al mismo tiempo empezó a discutir recio con ellas, quizás en hebreo o en árabe. Una de las chicas se quedó con los documentos del señor y, por sus muecas y ademanes, parecía estar diciéndole que las acompañara a alguna parte. Pero el señor sólo gritaba y gesticulaba cada vez más recio. De algún lado salieron dos soldados vestidos de verde y sosteniendo ametralladoras y se colocaron a ambos lados del señor. Uno de los soldados insistía en quitarle su mochila, pero el señor la tenía aferrada contra el pecho y parecía estar gritándole que no estaba dispuesto a cederla vivo o, cuando menos, sin una buena pelea. Había empezado a girar el carrusel negro ya con las primeras maletas. A ningún pasajero le importó. Todos mirábamos al señor con una mezcla de curiosidad y miedo y algo de expectativa. Incluso varios pasajeros se habían acercado, por metiches, por si acaso, por si las aeromozas necesitaban ayuda o apoyo. Pero de pronto, en un movimiento experto y premeditado, los dos soldados sujetaron al señor, lo botaron al suelo, lo esposaron, y luego, mientras él seguía gritando en hebreo o en árabe, se lo llevaron medio arrastrado. Así de fácil. Así de rápido.
Varias aeromozas de Lufthansa también se marcharon. Pero dos se quedaron paradas en el mismo sitio, hablando en susurros y también tranquilizando a varios de los pasajeros. Mi hermano me miraba con los ojos muy abiertos mientras movía la cabeza. Quizás pensando: linda bienvenida. O quizás pensando: a dónde mierdas nos han traído. Alcé los hombros. Qué más podía decirle. Nos acercamos despacio al carrusel de maletas que seguía crujiendo y rechinando, pero crujiendo y rechinando con garbo, con donaire, como una opulenta reliquia. No sé por qué volví la mirada una vez más hacia las dos aeromozas de Lufthansa. Y tampoco sé por qué —acaso influyó el brillo de su uniforme amarillo— había tardado tanto en reconocerla. No puede ser, le dije emocionado a mi hermano, agarrándolo fuerte del brazo. ¿Qué pasa? Mire, le dije. ¿Mire qué? Allá, le dije, la aeromoza, le dije señalando con la mirada. Creo que es ella, le dije. ¿Cree que es quién? Quizás los uniformes amarillos de Lufthansa aún lo tenían medio deslumbrado, o quizás no la recordaba, o quizás nunca la conoció y yo sólo le había contado de ella. La aeromoza, le dije señalando de nuevo con la mirada. Ya, la veo, ¿y qué pasa con la aeromoza? Lo solté y me quedé viéndola unos segundos, inseguro o temeroso. Creo que es Tamara, le dije. ¿Es quién? Tamara, le repetí un poco sorprendido de haber recordado su nombre después de tanto tiempo, un nombre que de pronto me sonó sublime, ajeno, hasta inventado. Mi hermano la observó unos segundos mientras también hacía un esfuerzo por retroceder todos esos años en su memoria y ubicarse en el pasado y procesar aquellas empolvadas imágenes. Pero usted está loco, me dijo, eso es imposible, ¿cómo puede ser la misma? Es ella, le dije y me quedé estudiando un poco sus ojos y sus labios y sus mejillas pálidas y pecosas y su pelo color castaño cobre y apenas salpimentado de canas y tiene ahora el pelo más corto y canoso, le dije a mi hermano, pero es Tamara, le dije ya casi convencido y caminando lentamente en esa dirección. Oiga, ¿adónde va?, le oí decir detrás de mí, si ya están saliendo todas las maletas. ¿Era posible? ¿Era Tamara? ¿Me reconocería después de tantos años? ¿Se acordaría de mí? ¿Me daría un abrazo o un beso o a lo mejor una bofetada? No lo haga, me gritó mi hermano por encima del chirrido del carrusel, no es ella. ¿Tamara?, tocándole el hombro.

Era la una de la mañana cuando por fin salimos mi hermano y yo a la acera del aeropuerto. Había varios taxis, de algunas compañías, de múltiples colores. Sin pensarlo mucho nos acercamos a una furgoneta roja y blanca que parecía más formal y le dijimos al con ductor que al hotel Kadima, en Jerusalén. El tipo, deprisa y como enojado, nos dijo yes, yes, Kadima, Yerushalayim, y señaló con la mano hacia atrás. Abrimos las dos puertas traseras, guardamos nuestras maletas, luego dimos la vuelta y entramos por la puerta lateral. En la primera fila había una pareja de turistas franceses que, supuse, también iban al hotel Kadima de Jerusalén. Los saludamos mientras nos tumbábamos detrás de ellos, en la segunda fila, exhaustos. ¿Y entonces?, me volvió a preguntar mi hermano con impaciencia. El taxista estaba gritándole a alguien por radio. Empezó a parecerme extraño que no cerrara su puerta, que no arrancara el motor de la furgoneta para marcharnos. ¿Me va a contar o no?, preguntó mi hermano con los ojos medio cerrados y tono bravucón y yo recosté la cabeza en el respaldo del asiento. Escarlata, le dije. Antes de verla sonreír con pudor, antes incluso de verla abrir un poco más su mirada azul mediterránea, supe que Tamara finalmente me había reconocido al ver desaparecer, en un repentino torrente escarlata, las minúsculas pecas de sus mejillas. Pero después todo fue torpeza. Nos abrazamos con torpeza. Nos preguntamos y respondimos cosas con torpeza, con cliché, con el caos que genera la emoción y el temor de un reencuentro en medio de pasajeros y maletas y el bochorno del aeropuerto y la evidente gravedad de su uniforme de Lufthansa: interrumpiéndonos y tropezándonos por querer resumir tantos años en unos cuantos segundos. Luego callamos con la misma torpeza, ambos quizás pensando en un encuentro breve y pasado que creíamos haber dejado atrás pero que de pronto volvía y explotaba con la potencia de un volcán. Me preguntó en inglés cuánto tiempo estaría en Israel, y le balbuceé que unos días, que pocos días, sólo para la boda de mi hermana menor, y sí, una boda ortodoxa, y sí, en Jerusalén, y sí, en el hotel Kadima. Su compañera de Lufthansa la llamó, como apurándola, y Tamara le respondió algo en hebreo. Luego sacó un pedacito de papel y escribió su número de teléfono y me dijo que por favor la llamara, que vivía muy cerca del hotel Kadima, que podía pasar a buscarme y llevarme a conocer algunos sitios. ¿De acuerdo, Eduardo?, pronunciando mi nombre como si no fuera mi nombre o como si fuera una versión de mi nombre sólo para ella, y lanzándome fugazmente hacia un bar escocés y unas cuantas cervezas y una boca en forma de corazón y pezones que se muerden duro o se muerden suave, todo depende. ¿De acuerdo?, y se acercó. Me entregó el papel. Puso su mejilla escarlata y pecosa contra la mía y la dejó allí y por favor llama, susurró, ahora sin torpeza alguna y susurrándome mucho más que esas tres llanas palabras. Me gustó sentir el contraste entre su aliento tibio y su mejilla helada. Me gustó reconocer su olor. Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo de mi camiseta. ¿Llamarás?, retrocediendo unos pasos. Le dije que seguro, que esta vez sí, que contara conmigo, y una ligera sonrisa, y entonces Tamara me dijo algo en hebreo, quizás hasta luego, quizás más te vale, y se marchó con su compañera de Lufthansa. ¿Llamará?, me preguntó mi hermano, quien llevaba más de una hora durmiéndose y despertándose y maldiciéndome a mí, al taxista, a los vestigios militares puestos como decoración a lo largo de la autopista, a los turistas franceses, a la eterna y laberíntica odisea nocturna hacia nuestro hotel de Jerusalén. No sé, le dije negando con la cabeza vanamente en la oscuridad de una furgoneta vacía, ya sin más pasajeros: uno de los cinco pasajeros, un joven israelí volviendo del Perú, nos había explicado en español que aquello era un tipo de taxi colectivo, llamado sherut. Guardé silencio, recordando el rostro sonrojado de Tamara, recordando con placer el olor a lavanda de Tamara, y recordando de pronto el anillo de oro blanco en su anular izquierdo. ¿Llevaba puesto un anillo de oro blanco? ¿Se lo había visto o me lo estaba imaginando ahora, en el silencio de una furgoneta vacía? ¿Se había casado? Cuando por fin nos detuvimos en la entrada del hotel eran las tres de la madrugada. El Monasterio fragmento
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Un viaje ultraortodoxo
JAVIER GOÑI

4 JUL 2014 –

Eduardo Halfon regresa con ‘Monasterio’ a la búsqueda febril de la identidad

Eduardo Halfon, descendiente de judíos libaneses y polacos, es escritor guatemalteco. Guatemalteco porque sus antepasados, que huían en barco dejando atrás una Europa hostil, desembarcaron en Guatemala por error creyendo que era Panamá, adonde se dirigían por tener allí un pariente judío. Y es escritor, entre otros muchos motivos, porque su abuelo tenía tatuados en el brazo unos números, y él de niño creía que eran los de un teléfono y no el código del horror nazi. Y así, EH, escritor, judío, a veces, como dice el EH, protagonista de algunos de sus relatos, como en esta novela corta, donde todo está caligrafiado aprovechando la sustancia y desdeñando todo lo superfluo, vuelve, ahora, en Monasterio a uno de sus temas más recurrentes, al viaje como huida del pasado (una forma de regresar, acaso), como búsqueda febril de una identidad, de un pretender encontrar acomodo en un mundo hostil, que lo es para todos, pero especialmente para muchos de esa galería de retratos, un tanto espectrales.
Quien conozca algunos de sus títulos anteriores, como esa espléndida colección de relatos, El boxeador polaco (aquel que le salvó la vida a su abuelo), o esa perfecta novela también más o menos corta, La pirueta (ambas en Pre-Textos), que tiene mucho que ver con la confusión de identidades balcánicas, con la necesidad de encontrarse viajando, con la música como hilo conductor, reguero de migas de pan que te permite no extraviarte del todo; quien conozca estos libros de Halfon no se sorprenderá desde luego de encontrarse en Monasterio no solo con la metáfora del viaje —siempre el viaje, de dos hermanos guatemaltecos, uno de ellos EH, a Israel, al más profundo e intolerante, para asistir a la boda ultraortodoxa de su hermana que va a casarse con un neoyorquino ultraortodoxo—, sino también con algunos guiños a textos suyos anteriores, el abuelo, siempre —emotiva y divertida escena en el velatorio con un rabino pelma—, el boxeador polaco y, sobre todo, esa bellísima azafata (ahora, exsoldado entonces) que se encuentra en el aeropuerto de Tel Aviv y que es la misma bellísima mujer que conoció, en un relato anterior, de hace unos años, en un bar escocés (que no lo era) de la Antigua Guatemala, relato aquel que prácticamente incluye a modo de capítulo en esta novela, pues para ese judío, a veces que puede que sea el EH real, siendo como lo es el EH de la novela, frente a la asfixia de ese judaísmo ultraortodoxo, la presencia de la hermosa azafata y ese viaje improvisado —el viaje, siempre— a las orillas del mar Muerto tiene una carga erótica que aligera muchas presiones ultras. El contraste está muy logrado, como todo en esta novela que, acaso, frente a sus libros anteriores, puede que ande algo lastrada por cierta ligereza. Pero lo esencial, sus calidades literarias están ahí.

Monasterio. Eduardo Halfon. Libros del Asteroide. Barcelona, 2014 122 páginas
https://elpais.com/cultura/2014/07/01/babelia/1404233953_443859.html

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“Una cosa desnuda y vibrante de 1000 piernas y 1000 manos y 1000 lenguas con sabor a guayaba que jamás serán suficientes para hacer el amor. Sin pronunciar una sola palabra o al menos sin pronunciar una sola palabra inteligible: las cuales siempre significan más. Y nos quedamos medio dormidos , así , empalmados , inseparables , acabando nunca (el sexo, en efecto, es mejor en gerundio), hasta que, con las primeras luces del día, oí el grito lejano de un niño o tal vez de un gallo y me despabiló una brisa en el pecho y la vi sentadita y tibia en la cama. Relumbraba ambarina”

Galardonada con el XIV Premio de Novela Corta José María de Pereda, esta obra es la historia insondable y prohibida de un pianista serbio. Pero también es la historia de una odisea balcánica, de la obsesión por un jazzista, de una persecución misteriosa y erótica, de cómo esa historia primero se escapa de las fronteras de cualquier amistad, luego rebasa los límites.
Eduardo Halfon

en un lugar de la bibliografía del que no quiero acordarme, se explicó alguna vez que hay escaleras para subir y escaleras para bajar; lo que no se dijo entonces es que también puede haber escaleras para ir hacia atrás. Los usuarios de estos útiles artefactos comprenderán, sin excesivo esfuerzo, que cualquier escalera va hacia atrás si uno la sube de espaldas, pero lo que en esos casos está por verse es el resultado de tan insólito proceso. Hágase la prueba con cualquier escalera exterior. Vencido el primer sentimiento de incomodidad e incluso de vértigo, se descubrirá a cada peldaño un nuevo ámbito que, si bien forma parte del ámbito del peldaño precedente, al mismo tiempo lo corrige, lo critica y lo ensancha. Piénsese que muy poco antes, la última vez que se había trepado en la forma usual por esa escalera, el mundo de atrás quedaba abolido por la escalera misma, su hipnótica sucesión de peldaños; en cambio, bastará subirla de espaldas para que un horizonte limitado al comienzo por la tapia del jardín, salte ahora hasta el campito de los Peñaloza, abarque luego el molino de la Turca, estalle en los álamos del cementerio y, con un poco de suerte, llegue hasta el horizonte de verdad, el de la definición que nos enseñaba la señorita de tercer grado. ¿Y el cielo? ¿Y las nubes? Cuéntelas cuando esté en lo más alto, bébase el cielo que le cae en plena cara desde su inmenso embudo. A lo mejor después, cuando gire en redondo y entre en el piso alto de su casa, en su vida doméstica y diaria, comprenderá que también allí había que mirar muchas cosas en esa forma, que también en una boca, un amor, una novela, había que subir hacia atrás. Pero tenga cuidado, es fácil tropezar y caerse. Hay cosas que sólo se dejan ver mientras se sube hacia atrás y otras que no quieren, que tienen miedo de ese ascenso que las obliga a desnudarse tanto; obstinadas en su nivel y en su máscara se vengan cruelmente del que sube de espaldas para ver lo otro, el campito de los Peñaloza o los álamos del cementerio. Cuidado con esa silla; cuidado con esa mujer.

Historias de cronopios y de famas (1962)

Para algunos puede ser sencillo atestiguar, al hilo del tiempo, todo aquello que comienza y que termina: los días, los proyectos que emprendemos, el cuerpo que habitamos. Todo, en cierta forma, parece inscrito en ese ciclo que en la inevitabilidad del fin se nos presenta como un destino inclemente.

¿Qué pasaría, sin embargo, si por un momento pudiéramos pensar fuera de la dualidad? Es decir, experimentar nuestra existencia fuera de esos conceptos. En la vida, es cierto, casi todo tiene un comienzo y un fin, pero si reflexionamos al respecto, nos daremos cuenta que ninguno de los dos es definitivo, que todo suele comenzar siempre de nuevo y que aquello que termina no necesariamente se acaba, sino que puede retomarse, renacer, cobrar nueva vida y nuevas formas.

A propósito de esta posibilidad, compartimos ahora un párrafo de José Saramago que refuta con elocuencia la supuesta oposición entre comienzo y final, sobre todo en relación con la existencia.

El viajero vuelve al camino

“No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: ”No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”

El fragmento puede encontrarse en Viaje a Portugal, el libro que Saramago escribió luego de recorrer su propio país como si no lo conociera, un gesto que, al igual que el texto anterior, nos da una valiosa lección.

Porque, finalmente, también es posible vivir la vida así: como si no la conociéramos, como si no acabara nunca, como si estuviera empezando en este instante.

esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

Fotografía de Alex Mazurov

Los espejos ¿Qué es un espejo? No existe la palabra espejo, sólo espejos, porque uno solo es una infinidad de espejos. ¿En algún lugar del mundo hay una mina de espejos? No hacen falta muchos para tener una mina centelleante y sonámbula: bastan dos y uno refleja el reflejo de lo que el otro reflejó, con un temblor que se transmite como un mensaje intenso e insistente ad infinitum, liquidez en la que se puede sumergir la mano fascinada y retirarla goteando reflejos, los reflejos de esa agua dura. ¿Qué es un espejo? Como la bola de cristal de los videntes, me arrastra al vacío que para el vidente es su campo de meditación y para mí el campo de silencios y silencios. Ese vacío cristalizado que tiene dentro de sí espacio para seguir siempre adelante sin parar; porque el espejo es el espacio más profundo que existe. Y es algo mágico: quien tiene un trozo roto puede irse a meditar con él al desierto. De donde volvería también vacío, iluminado y translúcido, y con el mismo silencio vibrante de un espejo. Su forma no importa; ninguna forma consigue circunscribirlo y alterarlo, no existe un espejo cuadrangular o circular: un pequeño pedazo es siempre todo el espejo: se saca de su marco y crece como se derrama el agua. ¿Qué es un espejo? Es el único material inventado que es natural. Quien mira un espejo y consigue al mismo tiempo la independencia de sí mismo, quien consigue verlo sin verse, quien entiende que su profundidad consiste en que está vacío, quien camina hacia el interior de su espacio transparente sin dejar en él el vestigio de la propia imagen, ha entendido su misterio. Para eso hay que sorprenderlo en su soledad, cuando está colgado en un cuarto vacío, sin olvidar que la más fina aguja frente a él podría transformarlo en la imagen de una aguja. Debo de haber necesitado mi propia delicadeza para no atravesarlo con mi propia imagen, porque un espejo en el que me veo soy yo, pero el espejo vacío es realmente el espejo vivo. Sólo una persona muy delicada puede entrar en el cuarto vacío donde hay un espejo vacío, con una ligereza tal, con una ausencia de sí misma tal, que la imagen no se marque. Como premio, esa persona delicada habrá penetrado entonces en uno de los secretos inviolables de las cosas: he visto el espejo propiamente dicho. Y he descubierto los enormes espacios helados que tiene en sí, sólo interrumpidos por algún que otro bloque de hielo. En otro instante, éste muy infrecuente –y es necesario estar al acecho días y noches, ayunando de uno mismo, para poder captar ese instante–, en ese instante conseguí sorprender la sucesión de oscuridades que hay dentro de él. Después, sólo en blanco y negro, recobré también, con un escalofrío, una de sus verdades más difíciles: su gélido silencio sin color. Hay que entender la violenta ausencia de color de un espejo para poder recrearlo, como si se recrease la violenta ausencia de sabor del agua.

De Para no olvidar, Crónicas y otros textos, Colección Libros del tiempo

Editorial Siruela 2010

El cadáver de Porqueriza | Revista Literaturas.com.

En un pueblo de la Castilla profunda y tardofranquista, una noticia escalofriante y a duras penas creíble recorre el pueblo, causando el asombro del vecindario: el hijo del alcalde es homosexual. Esta conmovedora nueva, que hace santiguarse a las gentes, marca el inicio de un drama de ferocidad desconocida en los contornos, una tragedia con resultado de varios muertos. Un inspector de la ciudad se persona en el lugar de los hechos y, como resultado de sus investigaciones, sale a la luz una serie de historias ocultas y estremecedoras….