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Nuestros edificios son espeluznantes cuando se los ve desde la calle. Sé que hay gente que acelera el auto y el paso cuando pasa cerca: los llaman “las torres de Alberdi”. No son peligrosos, sin embargo. Todo lo contrario. Los departamentos son amplios, luminosos, con pisos de madera, terminaciones elegantes, puertas que, aunque tienen sesenta años, cierran con la precisión de un mecanismo refinado. Los espacios comunes son preciosos, hay juegos para chicos, pequeñas plazas con bancos y terrazas amplias. Cierto: de lejos hay algo amenazante en el complejo, será la arquitectura brutalista, la cercanía con la autopista, es un paisaje hiperurbano. Toda la mala reputación, sin embargo, es pura ignorancia. Nuestros edificios en el sur de la ciudad, casi en el límite con el conurbano, son más tranquilos que un barrio privado de zona norte. Cuando se anunció la cuarentena le dije a mi hermana (vivimos juntas, solas): “Qué suerte que nos haya tocado este edificio. Unas afortunadas”.
 
“¡Privilegiadas!”, agregó ella.
 
Ahora se lo recuerdo seguido. Aquello de habernos llamado “privilegiadas”.
 
En mi edificio –el complejo tiene dos torres en total– vive una pareja de jubilados, jóvenes, de menos de setenta años. Siempre fueron, en el chisme comunitario, por lo menos misteriosos. Nadie sabe exactamente de qué trabajaban antes de la jubilación y todas sus interacciones con los vecinos son al menos peculiares. Él se llama Braulio. Hace un tiempo se pasó tardes enteras recorriendo la terraza porque, decía, algo golpeaba toda la noche, no podía distinguir qué, si la tapa del tanque, si una chapa suelta, si un loco batiendo parches, si un animal atrapado en algún caño. “Una rata gigante”, le dijo a mi hermana. “Son más comunes de lo que la gente cree. Hay mucha desinformación”. Ella estaba tomando sol en la terraza, en una de las reposeras. Dice que la mirada de Braulio la obligó a juntar la crema, la toalla y huir casi corriendo. A la noche, cuando llegué de trabajar, la encontré tomando vino en el sillón y quise saber si él la había acosado, si se había puesto baboso, degenerado. “Para nada”, me contestó. “Ni me miró. Además, estaba con los anteojos oscuros. Fue amenazante pero de otra manera”.
 
Mi hermana no es exagerada así que tomé nota. Me quedé pensando en los anteojos oscuros. La mujer de Braulio también los usa todo el tiempo. No sabemos qué color de ojos tienen. En realidad, suponemos que tienen ojos, pero nunca se los vimos.
 
Mi anécdota con la mujer, que se llama Norma, es también extraña pero más comprensible. Tocó el timbre una mañana. Ahí estaba cuando abrí la puerta, con sus manos grandes, la piel pálida y anteojos como de Jackie Kennedy. Su ropa era un lío de elegancia y despropósito: unas ballerinas preciosas, de cuero y un azul delicado, pero combinadas con medias panties agujereadas; una pollera de lana en un día de calor con una camisa de seda manga corta, blanca y de calce perfecto. Lo mismo con los –muchos– anillos: algunos eran de plástico, comprados seguramente en tiendas baratas para adolescentes, y otros de oro, con brillantes que, si no eran auténticos, lo disimulaban con mucha autoridad.
 
“Le vengo a pedir un favor”, dijo. El perfume que usaba era agradable pero su aliento apestaba. No pude verle los dientes porque los ocultaba bien pero mi impresión fue la de una boca podrida. “No escuche la radio tan alto a la noche, no puedo dormir”.
 
Me quedé paralizada. No solo nunca escucho radio de noche: no escucho música. Es decir, lo hago con auriculares. Mi vecino es médico y se levanta muy temprano. Además Norma y Braulio viven en el 7° piso. Nosotras en el 4°. Solo una fiesta salvaje podría molestarlos. Como no supe qué decirle, le aseguré que no se iba a volver a repetir. Se fue sin decir gracias, arrastrando las ballerinas.
 
Una vez, en el ascensor, mi vecina pendeja y simpática, Agustina, la chica del pelo verde, contó que la vio a Norma con una gallina. Viva. Estaba horrorizada. ¿La habrá usado para comer? Mi hermana, arreglándose el protector de ojeras en el espejo, insinuó: “Esos viejos hacen rituales. Tienen toda la pinta”.
 
La verdad, no pensamos mucho más en ellos. Todos los edificios tienen sus locos.***  
El anuncio de la cuarentena nos llenó de alivio y ansiedad, pero pudimos dormir. Por la mañana, todos los departamentos de nuestra torre amanecieron con un papelito escrito a mano, pasado por debajo de la puerta, que invitaba a una suerte de reunión de consorcio con distancia social, algo muy posible de llevar a cabo porque se convocaba en el estacionamiento que es amplio y tiene una parte al aire libre.

La reunión era para las cinco de la tarde. Acudimos casi todos, incluso nuestro vecino médico, Pablo, que venía de su consultorio y estaba más tranquilo que los demás, dispuesto a explicarnos todas las medidas de seguridad, el lavado de manos, la manipulación de los alimentos, cómo manejarse en los negocios y con los demás. De eso estábamos hablando cuando llegaron Norma y Braulio. Venían con sus anteojos negros puestos, a pesar de que el garaje es más bien oscuro. Liliana, la vecina del 5° que es directora de una escuela en Floresta, fue la primera en darse cuenta de que Braulio cargaba en el hombro con una escopeta. Yo la vi también, pero pensé que se trataba de una escoba. A veces se le daba por barrer los pasillos a pesar de que tenemos una empresa que se ocupa de la higiene.

“¿Por qué está con un arma?”, se ahogó Liliana.

“Porque esto es una guerra”, le contestó Braulio, “y con mi mujer estamos en la línea de fuego. Ustedes son vectores”.

“¿Somos qué?”

“Vectores. Mosquitos. Si ustedes se agarran esta peste lo más probable es que no se mueran. Nosotros sí. Así que van a cumplir la cuarentena esta, carajo, la van a cumplir a rajatabla”.

Ninguno de nosotros –éramos bastantes, no todos, y guardábamos la distancia indicada por las autoridades– se esperaba lo que ocurrió a continuación: Braulio le disparó al techo. Algunos salieron corriendo y tropezaron con los autos en un intento desesperado de no cruzarse los unos con los otros, tan asustados del aliento de los demás como de las balas. Pablo, el médico, estaba paralizado pero reaccionó. Intentó acercarse a Braulio, que le apuntó con un profesionalismo obvio y entrenado.

“Vos menos que menos te me acercás. A ver si te empezás a buscar un bulo en otra parte, que no sé hasta cuándo vas a ser bienvenido acá. Nos vas a matar a todos”.

Creí que Pablo iba a ponerse violento y grité “vamos, nos vamos, está loco, está shockeado, se le va a pasar”. Improvisamos una reunión en el pasillo de mi piso, que por suerte tiene buena acústica, así podíamos hablar de lejos pero no a los gritos. ¿Llamar a la Policía? ¿Esperar? Esperar, coincidimos. Esto es una catástrofe mundial. Son viejos, están asustados. Por supuesto que vamos a cumplir con la cuarentena. Estamos todos de acuerdo, la esperábamos, la deseábamos. Mi hermana se puso a llorar. Tengo miedo, no puedo ir a ver a mi novia, la voy a llamar. Y se metió en el departamento para una videollamada con su chica que, por suerte, no quedó cuarentenada con nosotras (es encantadora pero puede ser muy inútil, no sabe hervir un huevo. A mi hermana le gustan las chetas con servicio doméstico).

Después de tres días de neo-rutina –cola del supermercado, cola de la verdulería, cola de la farmacia, compra de una cuerda para saltar la soga, rezar para que no se corte Internet, llorar con mi padre por teléfono para que no salga a la calle, prometerle que le pagaríamos todos los servicios por homebanking aunque tampoco lo sabemos usar con pericia–, mi hermana se despertó de madrugada y dijo: “Yo tengo que bajar. A fumarme un porro a la vereda”. Pensé en Braulio y Norma. Los anteojos negros, el aliento, la escopeta, las ballerinas. “Tenemos balcón”, le dije. Y ella que no, que quería ver la calle.

A los dos minutos estaba de vuelta, desencajada, con un papel en la mano. Lo había arrancado del espejo del ascensor. Estaba tan nerviosa que tuve que mandarla a lavarse las manos después que me leyó lo que el papel decía. Era un mensaje breve: “Pablo Mariani, médico MD 2345623, tiene 24 hs para abandonar el edificio o habrá consecuencias”. No había firma: se suponía que lo firmaba el edificio entero. Salimos al pasillo, a tocarle la puerta a Pablo. No atendió. Susurramos que éramos nosotras. Ninguna respuesta. Mi hermana decidió mandarle un mensaje por Whatsapp: esperamos ansiosas el visto. Llegó. Y la respuesta. “Estoy en la baulera hasta que me puedan sacar de acá. No vengan”.

Mi hermana mandó un audio largo, indignado. Qué te hicieron, insistía. No importa, repetía él, con faltas de ortografía, con pocas letras, seguro con las manos temblando. Cosas feas, no importa, no quieren saber. Tengan cuidado. Un amigo me saca hoy. No se preocupen.

Esa misma tarde, mi hermana empezó a mandar mensajes a los vecinos que creía más amigables y a los que considerábamos decentes. Empezó una catarsis inesperada, situaciones de las que habíamos estado ajenas por concentrarnos en organizar la nueva rutina. Padres y madres habían salido con sus hijos a comprar, algunos porque no podían dejarlos solos, otros francamente para que los niños estiraran las piernas (una irresponsabilidad, cierto, pero conversable, negociable, ¡nos estamos adaptando!). Clara del 2°B dio los detalles de su caso. Volvía con el changuito y con Agustín, de tres años. Braulio y dos personas más, dos hombres más jóvenes, salieron del palier. Braulio con la escopeta: los demás con armas más chicas, que ella no distinguía. Braulio mantuvo la distancia: extendió los brazos y acercó el caño de la escopeta a la frente de Agustín. La dejó ahí un rato hasta que le temblaron las manos y Clara temió que se le escapara un tiro. Ella lloraba y miraba alrededor a ver si veía a algún policía, pero estaban extrañamente solos.

“Esto es un aviso”, dijo Braulio. “Nada contagia más que la ratita esta. Control de peste se llama. Pórtense bien”. Clara había comprado para varios días, pero no se animaba a volver a salir y dejar solo al chico. Yo te lo cuido, le dije (a esta altura habíamos armado un grupo). No, no vayas, dijo Fernando, vecino histórico del piso 11 y el que guarda un par extra de llaves de la terraza en caso de que alguien se las olvide cuando sube a colgar ropa o a tomar sol. Están marcando las puertas de los que incumplen: si alguien visita a otro vecino, le ponen una X en la puerta. Una X pintada con mierda. No puede ser, dijo mi hermana, si están obsesionados con el contagio, ¡eso es un caldo de cultivo y un asco! Te dejan lavandina, agua y un balde para que limpies, explicó Fernando, y controlan que lo hagas bien. Le pasó a mi vecino que se escapó a una vuelta manzana con la bolsa de los mandados. Al día siguiente, tenía en la puerta la cruz de mierda. Quiso cagarse a trompadas pero no te podés acercar no solo por el virus, además están todos calzados. ¿Quiénes? ¿Braulio y cuántos más? Bastantes, explicó Fernando. Se reúnen acá en la terraza por el tema de la distancia y el aire libre. También los escuché rezar. No sé cuántos. ¿Diez? Hay muchas mujeres también.

Tenemos que usar los aplausos de las 9 para denunciar a la Policía, hay policías en la calle, nos pueden escuchar, sugerí. Seguimos buscando soluciones. La televisión, la radio. Alguien ya lo había intentado. Le dijeron que sin un video demostrando lo que pasaba no podían hacer nada, que no podían divulgar mentiras ni acrecentar el pánico. Hijos de puta, como si hicieran otra cosa, pensé. Podemos sacarle una foto a una de las puertas pintadas con mierda, dijo mi hermana. Se lo propuse a mi vecino, intervino Fernando, pero me lo contó cuando ya la había limpiado. ¿Les pasó a otros? Sí, pero tienen vergüenza, no quieren registro.

A mí me rompieron el celular, dijo Agustina, la pendeja del pelo verde. Venía escuchando música y me paró una mujer, no sé de qué piso, es flaca, parece personal trainer. ¿Dónde tenés el alcohol en gel para sanitizar el celular?, me gritó. Arriba, le dije, me lo olvidé, llego, me lavo las manos y lo limpio. Y la vieja de mierda me lo sacó, tenía guantes, y le saltó encima. Re mal, una loca. Ahora estoy usando el de mi mamá.

En el aplauso de las 9 gritamos que necesitábamos ayuda y los de los otros edificios nos respondían “quedate en casa, nos ayudamos entre todos”. Los policías de la vereda como si nada, con caras de servidores públicos en cumplimiento de su deber. Pablo el médico mandó un mensaje: había logrado salir después de que le tiraron nafta en la baulera y pudo escapar, medio intoxicado, hacia el auto de su amigo. Ahora estaba a salvo, no sabía por cuánto tiempo.
 *** 
Día 15 de la cuarentena. El control es total. Braulio y su pandilla fiscalizan cómo limpiamos picaportes y ascensor; también cómo lavamos latas y comida. Hay que hacerlo con la puerta abierta para que puedan dar el visto bueno. Norma y Liliana (la maestra que parecía equilibrada) intentaron atropellar a un vecino que salió dos veces en un lapso demasiado corto. Lo escuchamos gritar: “¡Me olvidé de comprar un remedio!”. El auto subió a la vereda con una velocidad insólita y casi lo aplastó contra un árbol. Nos comunicamos con él. Sabemos que avisó de la persecución al encargado de la Torre 2. Bueno, le contestó el encargado, mejor que alguien controle, ¿no? Acá es un viva la pepa, se me escapan por todos lados, viene la Policía dos por tres. Los policías piden video, video y video para poder actuar. Creemos que apoyan a Braulio, pero no estamos seguros. Fernando dice que le tienen miedo, en realidad. Alguien vio a Norma con una gallina, de vuelta, subiendo despacio las escaleras hasta la terraza, porque ella no usa el ascensor.

En casa ponemos música a un volumen fuerte porque mi hermana empezó con tos. No cumple con los requisitos para llamar al 107 y seguramente se trata de su alergia otoñal, pero le pica la garganta, está congestionada, no tiene fiebre, su dolor de cabeza es el de la sinusitis, no tiene miedo. Puede ser el virus en forma leve, lo sabemos. Le dimos muchas vueltas a cómo actuar. Sabemos que hay un hombre con bronquitis crónica al que le cortaron el cable. El hombre llamó a la empresa proveedora y le dijeron que no era un fallo de ellos. No creyó la explicación, por supuesto, si siempre mienten, pero dudó. De noche tiene ataques de tos y se escuchan, sobre todo en el silencio de la cuarentena. Se puso a revisar y, en efecto, le habían cortado el cable con una tijera. No lo desconectaron: se lo cortaron. No tuvo cruz en su puerta sino un mensaje: “CUIDADO, PLAGA”. Le dejaron latas en la puerta. En el mensaje que mandó al grupo dice que, está seguro, no van a dejarlo salir. Ya hay, además, un vigilante por piso. Todos tienen anteojos negros y barbijo. No los reconocemos. Dudamos acerca de nuestro grupo: creemos que hay infiltrados.
 *** 
Agustina, la chica del pelo verde, resiste. No sé cómo hace. Tiene una perra hermosa que se llama Emma, una collie blanca y negra deliciosa, tan inteligente, esos animales que sonríen y parecen entender. Por supuesto, tiene permiso de sacarla por ley, una vez por día, y eso hace. Un vigilante no le pierde la pista. Pero ella vive en un departamento chico y está sola con su mamá, que es hipertensa y por ser grupo de riesgo prefiere guardarse. La piba es delgada y fuerte, pero al menos tiene que salir cada dos días para comprar comida. Y es joven y está harta, y está sana y no tiene miedo: sabe, lee y entiende que, si se enferma, las posibilidades de que desarrolle un caso grave de la enfermedad son casi nulas. Se confía un poco. Le dijimos varias veces, ya por Zoom –es lo que usamos ahora–, que trate de salir menos. En Zoom las caras van desapareciendo: Braulio y su pandilla cortan Internet también, no les importa dejar a la gente incomunicada, escuchamos noche y día gritos de angustia, quiero hablar con mi mamá, quiero hablar con mi hijo, llamen a la Policía, cuando esto termine los vamos a matar, y a veces, muy pocas, la voz de Braulio que grita: “Disciplina, carajo, este mi cuartel, manga de atorrantes”.

“Ni se te ocurra toser fuerte”, le digo a mi hermana, y ella se tapa con la almohada. Ya llamamos al 107. No hizo falta activar el protocolo, le dijeron que casi seguro es una afección de las vías respiratorias de la época y que, claro, cumpla una cuarentena estricta. Y vuelva a llamar si empeora o tiene fiebre (no tiene). No le contamos a su novia para que no haga una escena, se aparezca en su versión más dramática y Braulio le tire un ladrillo por la cabeza. Yo debo salir poco y con barbijo. Lo único bueno es que así estamos más resguardadas. Me quedaron unos burletes de un viejo arreglo de heladera, así que cerré ventanas y puertas para que no se filtre la tos. Muero o mato si los vigilantes de Braulio me cortan Internet. Mi hermana dice: “Se supone que hay que airear por el virus”.

Es verdad, le contesto, pero cierro igual.

Agustina y Emma me preocupan cada vez más. Ella a veces la deja atada a un árbol cuando va a comprar, no sé si eso está bien o no, la espío por el balcón. La veo pelearse con uno de los vigilantes. Le mando un mensaje y me contesta: “No pasa nada es un denso, no le digas a mi mamá que le sube la presión”.

Mi hermana volvió a recurrir a los vecinos de la Torre 2. Dice que no los va a llamar más porque tienen la cabeza tomada por Braulio. Lo admiran. Un ejemplo de civismo, le dijo uno.
 ***
 No puedo comunicarme con Agustina. Ya no la veo salir a comprar. ¿Habrá elegido negocios en otra calle, alguna que no puedo monitorear desde mi balcón? Aunque la pandilla de Braulio le haya cortado Internet, debería tener 4G. ¿O habrá dejado de pagar el plan? Su mamá no está trabajando, ella no tiene clases, no sé si hay padre. Podría bajar a preguntar pero no solo estoy paralizada de miedo: si mi hermana tiene una versión leve del virus, no quiero contagiar a la madre hipertensa.

Es un día de sol y extraño una vuelta en bicicleta, caminar por el parque, darle un beso a un chico con la remera transpirada después de jugar al fútbol. Por eso, cuando me llega el olor del asado desde alguna parrilla del edificio, sonrío y lloro, me olvido un poco de Braulio, de los vigilantes, sueño con dejar de ver colas de gente con barbijo, con las manos secas de tanto lavarlas, con el número de muertos en la televisión, con el carraspeo en la farmacia que levanta pequeños aullidos de pánico.

Mi hermana, que está mejor, sale al balcón a acompañarme, envuelta en una frazada aunque no hace frío. Le hablo del asado, de lo ricas que son las mollejas, de que deberíamos ser vegetarianas, como Agustina, pero qué difícil. Ella tiene el ceño fruncido.

“Ese asado, ¿dónde es?”, pregunta.

No sé, le confieso.

“Huele medio raro”, dice ella.

Escucharla decir eso me alegra, porque perder el olfato puede ser signo de tener el virus. Le hago caso y también husmeo. Es cierto: huele a alfombra quemada. O a pelo quemado. Carne y alfombra y pelo.

Mi hermana me agarra de la mano. Las dos nos damos cuenta al mismo tiempo, cerramos los ojos y esperamos, esperamos. No puede faltar mucho para que el grito de Agustina, la chica del pelo verde, destroce la tarde de sol. Emma, va a gritar su nombre. Emma. La perra que sonreía y correteaba en tardes como ésta, tardes de domingo y de asado en las torres del sur de la ciudad.

Acerca de Mariana Enriquez

Mariana Enriquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Social, subeditora del suplemento Radar del diario Pagina/12 y docente en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó las novelas Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995- Galerna, 2013), Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) y Este es el mar (Random House, 2017), las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009-Anagrama 2017), y Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), la nouvelle Chicos que vuelven (Eduvim, 2010), los relatos de viajes Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (Galerna, 2013), el perfil La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (Ediciones UDP, Chile, 2014) y el libro ilustrado Ese verano a oscuras (Páginas de espuma). Su libro Las cosas que perdimos en el fuego fue traducido a 22 idiomas y recibió el premio Ciutat de Barcelona a mejor obra en lengua castellana. En noviembre de 2019 su novela Nuestra parte de noche recibió el Premio Herralde.

“Historia de una hora” tiene —como dice la ortodoxia que debe tener un cuento— un final sorprendente. Pero, antes de ese final, plantea una situación humana, que mil veces se hace presente en la vida y es mil veces negada.

Historia de una hora
«Historia de una hora» («The Story of An Hour») fue publicado por primera vez en Vogue, el 6 de diciembre de 1894, con el título «The Dream of an Hour». Traducción de Olivia de Miguel.


Como sabían que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.
Su hermana Josephine se lo dijo con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.
Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.
Frente a la ventana abierta descansaba un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.
En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera.
En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.
Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras. Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sueños.
Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.
Sentía que algo llegaba y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y elusivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.
Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.
No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial.
Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años venideros que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.
En aquellos años futuros ella tendría las riendas de su propia vida.
Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.
Y a pesar de esto, le había amado, a veces; otras, no. Pero qué importaba, qué contaba el amor, el misterio sin resolver, frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser.
—¡Libre, libre en cuerpo y alma! —continuó susurrando.
Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar.
—Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.
—Vete. No voy a ponerme enferma.
No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.
Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos al pensar que la vida pudiera durar demasiado!
Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía en los ojos un brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al pie.
Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.
Pero Richards había llegado demasiado tarde.
Cuando los médicos aparecieron, aclararon que Louise había muerto del corazón —de la alegría que mata.

It was her sister Josephine who told her, in broken sentences; veiled hints that revealed in half concealing. Her husband’s friend Richards was there, too, near her. It was he who had been in the newspaper office when intelligence of the railroad disaster was received, with Brently Mallard’s name leading the list of “killed.” He had only taken the time to assure himself of its truth by a second telegram, and had hastened to forestall any less careful, less tender friend in bearing the sad message. She did not hear the story as many women have heard the same, with a paralyzed inability to accept its significance. She wept at once, with sudden, wild abandonment, in her sister’s arms. When the storm of grief had spent itself she went away to her room alone. She would have no one follow her.

There stood, facing the open window, a comfortable, roomy armchair. Into this she sank, pressed down by a physical exhaustion that haunted her body and seemed to reach into her soul. She could see in the open square before her house the tops of trees that were all aquiver with the new spring life. The delicious breath of rain was in the air. In the street below a peddler was crying his wares. The notes of a distant song which some one was singing reached her faintly, and countless sparrows were twittering in the eaves. There were patches of blue sky showing here and there through the clouds that had met and piled one above the other in the west facing her window. She sat with her head thrown back upon the cushion of the chair, quite motionless, except when a sob came up into her throat and shook her, as a child who has cried itself to sleep continues to sob in its dreams. She was young, with a fair, calm face, whose lines bespoke repression and even a certain strength. But now there was a dull stare in her eyes, whose gaze was fixed away off yonder on one of those patches of blue sky. It was not a glance of reflection, but rather indicated a suspension of intelligent thought. There was something coming to her and she was waiting for it, fearfully. What was it? She did not know; it was too subtle and elusive to name. But she felt it, creeping out of the sky, reaching toward her through the sounds, the scents, the color that filled the air. Now her bosom rose and fell tumultuously. She was beginning to recognize this thing that was approaching to possess her, and she was striving to beat it back with her will–as powerless as her two white slender hands would have been. When she abandoned herself a little whispered word escaped her slightly parted lips. She said it over and over under hte breath: “free, free, free!” The vacant stare and the look of terror that had followed it went from her eyes. They stayed keen and bright. Her pulses beat fast, and the coursing blood warmed and relaxed every inch of her body. She did not stop to ask if it were or were not a monstrous joy that held her. A clear and exalted perception enabled her to dismiss the suggestion as trivial. She knew that she would weep again when she saw the kind, tender hands folded in death; the face that had never looked save with love upon her, fixed and gray and dead. But she saw beyond that bitter moment a long procession of years to come that owuld belong to her absolutely. And she opened and spread her arms out to them in welcome. There would be no one to live for during those coming years; she would live for herself. There would be no powerful will bending hers in that blind persistence with which men and women believe they ahve a right to impose a private will upon a fellow-creature. A kind intention or a cruel intention made the act seem no less a crime as she looked upon it in that brief moment of illumination. And yet she had loved him–sometimes. Often she had not. What did it matter! What could love, the unsolved mystery, count for in the face of this possession of self-assertion which she suddenly recognized as the strongest impulse of her being! “Free! Body and soul free!” she kept whispering. Josephine was kneeling before the closed door with her lips to the keyhold, imploring for admission. “Louise, open the door! I beg; open the door–you will make yourself ill. What are you doing, Louise? For heaven’s sake open the door.” “Go away. I am not making myself ill”. No; she was drinking in a very elixir of life through that open window. Her fancy was running riot along those days ahead of her. Spring days, and summer days, and all sorts of days that would be her own. She breathed a quick prayer that life might be long. It was only yesterday she had thought with a shudder that life might be long. She arose at length and opened the door to her sister’s importunities. There was a feverish triumph in her eyes, and she carried herself unwittingly like a goddess of Victory. She clasped her sister’s waist, and together they descended the stairs. Richards stood waiting for them at the bottom. Some one was opening the front door with a latchkey. It was Brently Mallard who entered, a little travel-stained, composedly carrying his grip-sack and umbrella. He had been far from the scene of the accident, and did not even know there had been one. He stood amazed at Josephine’s piercing cry; at Richards’ quick motion to screen him from the view of his wife. When the doctors came they said she had died of heart disease–of the joy that kills.

Kate Chopin (1851-1904) nació en Saint Louis. Hija de un hombre de negocios y de una francesa de familia aristocrática, se educó en escuelas privadas y exclusivas. Colaboró en muchas revistas de moda en la época, y publicó su primera novela, At Fault, en 1890; pero su carrera literaria se vio truncada con la publicación de la novela The Awakening (1899), que fue severamente condenada por su abierto tratamiento del adulterio y del matrimonio entre miembros de distinta raza. Chopin pasó los últimos años de su vida en un total silencio literario, sumida en un profundo desánimo. Varios de sus relatos fueron recopilados en los volúmenes Bayou Folk (1894) y A Night in Acadie (1897).

Diario de la Peste 12: Boris Johnson les dice a todos
Por Gonçalo M. Tavares. 3 de abril de 2020
Boris Johnson les dice a todos que se queden en casa este fin de semana.

Aunque haga buen tiempo y todos se estén volviendo locos, es mejor que se queden en casa, dice Boris Johnson.

Please, please. Repite.

En Brasil se están distribuyendo algunos barbijos con versos.

Una forma de resistencia, dicen.

Uno de ellos tiene la frase: “creo en el mundo como una margarita”, y las iniciales: F. P. (Pessoa).

Pienso en las iniciales de las sábanas de los nietos, que bordaban con mano trémula las abuelas.

Era una costumbre de los pueblos.

Una inicial que decía al mismo tiempo: afecto y posesión.

Aunque creo que la forma correcta del verso es: “creo en el mundo como en una margarita”.

Pequeñas diferencias.

La abuela que cosió esa frase en el barbijo introdujo una buena errata.

Todos los errores de los abuelos serán perdonados.

Flor, hierba, árbol.

Es interesante la idea de tener una creencia como la tiene un árbol.

Creo en los árboles —o creo como los árboles.

Los árboles no rezongan ni racionalizan.

Creer como un árbol parece una posibilidad.

En el Washington Post y en el Estadão, periódico del Estado de São Paulo: una imagen aérea del cementerio más grande de América Latina.

En ese cementerio, Vila Formosa, en São Paulo, ya se están preparando cientos de nuevas tumbas con el tamaño adecuado para un ser humano.

Contrataron a 250 sepultureros.

Visto desde arriba parece un campo de cultivo para los frutos más extraños del mundo. Los menos deseados.

A la distancia adecuada, no demasiado cerca, como si todavía pudieran contagiarse

Tumbas con la forma en la que se acomoda al fin un cuerpo.

Me viene la imagen de ese juego de encastre para los niños de doce meses.

Hacer encastrar el cubo en el espacio vacío que corresponde a la forma del cubo.

Hacer encastrar la esfera en el espacio vacío que corresponde a la esfera.

El paralelepípedo en el espacio vacío que corresponde a esa forma.

Después de los dos años y medio los bebés empiezan a hacer esto con facilidad.

Pero, vista desde arriba, la preparación del cementerio de São Paulo parece un juego demasiado adulto como para soportarlo.

No hay mayor peso que el peso de un cuerpo muerto, escribió una vez Heidegger.

Imagino el peso que los sepultureros han transportado.

Washington Post: la imagen.

Se abre un espacio para que la forma del cuerpo humano encastre en él.

Todos los juegos se han suspendido.

Ya no hay nada más que seriedad —en esta forma vacía que espera su respectivo relleno.

El cementerio de Vila Formosa tiene 763,000 metros cuadrados.

763,175 m2.

Pienso en la artista Rachel Whiteread.

Ella rellenó de concreto el interior del memorial del Holocausto en Viena.

No podemos entrar, sólo podemos quedarnos acá afuera.

No podemos tener la experiencia de estar allí adentro.

El contrario de los días de la Peste.

Ahora, el exterior está ocupado por un concreto invisible que no nos permite salir.

Abro un link en el que el Memorial de Viena de Rachel figura como una de las grandes atracciones de la ciudad.

Hablan de la duración de un tour que incluye la visita (a su exterior), etc., etc.

¿Qué ropa debes ponerte para un sitio al que no puedes entrar? No sé.

El diálogo de un personaje de una película:

“Dicen que las flores del ciruelo no deben vender su perfume”.

Una película coreana.

Escribí la frase en mi cuaderno cuadriculado.

La reina Isabel II se dirigirá al país el próximo domingo desde el palacio de Buckingham.

Tiene 93 años.

En una entrevista, Amyr Klink dice que prefiere los tiburones al aburrimiento.

Voy a tratar de averiguar quién es Amyr Klink.

Internet no funciona, lo intento una vez y otra, y después lo olvido.

Es necesario seguir trabajando la creencia.

Levantarse temprano para tener tiempo de trabajar la creencia.

https://www.infobae.com/america/cultura-america/2020/04/04/diario-de-la-peste-12-boris-johnson-les-dice-a-todos/

https://www.infobae.com/america/fotos/2020/04/03/las-angustiantes-fotos-que-muestran-como-se-prepara-el-cementerio-mas-grande-de-brasil-para-enterrar-a-los-muertos-por-coronavirus/

Rachel Whiteread: La escultora inglesa que vacía el espacio
Arte conceptual
http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=411826

http://www.amyrklink.com.br/es/biografia/

Diario de la peste 8:
ΠΑΤΕΡΑΣ es padre en griego
Por Gonçalo M. Tavares

Una amiga griega me envía un mail.
ΠΑΤΕΡΑΣ es padre en griego.
Dice ella: en Grecia, “para salir, tenemos que enviar un sms al número 13033 con el propósito de la salida”.
Como éste: “4 Athena Spyri dirección.”
Athena Spyri es su nombre.

Mi amiga me explica lo que significan los números que hay al principio.
Cada número representa un motivo de salida.

  1. Para ir a la farmacia o al médico.
  2. Para comprar bienes de primera necesidad, comida, etc., cuando la entrega a domicilio no es posible.
  3. Para ir al banco, en aquellos casos en que usar la banca virtual no sea posible.
  4. Para ayudar a personas con necesidades especiales.
  5. Para asistir a una ceremonia (funeral, boda, bautizo), siempre con restricciones.
    5 significa también: para que los padres divorciados o separados visiten a sus hijos.
  6. Para hacer ejercicio físico al aire libre o pasear con una mascota. Con restricciones, esto es: alrededor de la casa.

Ayer, mi amiga griega le mandó este sms al gobierno griego:
4 Αθηνά Σπύρη Αλκμάνος 12 Αθήνα
El número 4 significa que El número 4 significa que va a salir para ayudar a una persona.

4 Αθηνά Σπύρη Αλκμάνος 12 Αθήνα
El número 4, en el caso de Athena, es su padre.
Su padre está incluido en el número 4.
Es un número 4 con varias hipótesis adentro.

Después recibió un sms con la autorización.
Fue éste:
METAKINHΣH 4 AΘHNA ΣΠΥΡΗ ΑΛΚΜΑΝΟΣ 12 ΑΘΗΝΑ
Puedes visitar a tu padre, motivo 4 autorizado.

No hace falta decir que en Europa las cosas cambiaron.

Las cosas cambiaron sin pedir permiso.

La lengua griega es visualmente hermosa.

Esto:
ΑΘΗΝΑ
Es Athena.

Las lenguas son también posiciones de letras, dibujos.
Puede una frase terrible ser visualmente hermosa.
Ése es el peligro de otra lengua que no entendemos.

A veces, la belleza hace lo mismo que el polvo y no deja ver.

“Hungría refuerza los poderes del primer ministro.”
“Austria va a obligar a los ciudadanos a ir con cubrebocas al supermercado.”

Todavía no he oído la nueva canción de Dylan.

Animales, bunkers y icebergs.

Hay muchas cosas que pueden investigarse.

Una síntesis, motivos para salir de casa.
Seis motivos: salud (1), comida (2), dinero (3), compasión (4), divorcio e hijos en otra casa

Los griegos siguen enseñándonos.

Decir rápidamente como si no se tuvieran mas que unos segundos antes de enmudecer:

Si no necesitas un médico y no tienes hambre, si tienes dinero y no tienes a nadie que dependa de ti, si no te divorciaste y no tienes hijos en la otra casa, si no hay boda o funeral que te incumba y si no tienes perro, ¿por qué razón sales de casa?

Más de las postales en que se cuentan secretos, de Frank Warren: *1
“Número de veces que dejé que él me maltratara: 3·
Imagino una mujer que hace trazos en la pared cada vez que la maltratan.
Cientos de trazos, como los presos que cuentan los días.
Y los trazos en determinado momento son miles y empiezan a unirse.
Y los que eran trazos pequeños se convierten en líneas, manchas.
Ensuciaste toda la pared, dice él.

Falta, entonces, el motivo 7.
Salir de casa para huir de quien está en casa.
Después de todo es posible mejorar un poco a los griegos. Pero sólo un poco.

Más de 812 muertos en España.
66 en Alemania.
El virus entra con fuerza a México.
En el estado de Nueva York ya hay mil muertos.
El papa Francisco se reunió con el presidente de Italia.
Zimbabue entra en cuarentena durante tres semanas.
Los parques de Disney se van a cerrar.

Un verso de Drummond de Andrade:*2
“La electricidad chocó contra las cosas resignadas.”

Se robaron un cuadro de Van Gogh en un museo de Holanda.
La policía, en Portugal, interrumpió una misa con once personas.

Miro a mi alrededor, las personas son ahora cosas resignadas.

Atardece, Athena me manda un mensaje:
Voy a salir, motivo 2.
Yo también voy a salir, motivo 6.
Llevo a mi perra, Roma, al veterinario.
Voy con un perro y una frase:

“Que el Señor proteja tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre.”*3

“Que el Señor proteja tu salida y tu entrada.”

*1 Frank Warren, autor de Postsecret: “A todos les gustan los secretos”
“Empecé distribuyendo postales con mi dirección donde invitaba a que me enviaran un secreto para la exposición, pero cuando ésta acabó las postales continuaron llegando cada vez más numerosas y creativas, de diversos países y en diversos idiomas”, explica Warren, que se define como “artista accidental”.
“A todos les gustan los secretos. No importa que sean disgustos o alegrías, fantasías, miedo o esperanzas, deseos eróticos o experiencias divertidas, confesiones o humillaciones. Lo único que pido es que no hayan sido confesados nunca antes y que sean verdad, una condición que gracias al anonimato es fácil respetar”, explica Warren, que acaba de publicar Postsecret. Extraordinary confessions from ordinary lives (HarperCollins Publishers), una recopilación de 300 de los 25.000 secretos, que ha recibido hasta ahora. “Para el libro he intentado seleccionar una muestra representativa de las diferentes tipologías y ordenarla de forma que relatase una historia. También para la web intento elegir las postales que mejor consiguen comunicar vivencias y emociones. Nunca cuelgo las que no me parecen verdad”, afirma Warren, que actualmente recibe entre 100 y 200 secretos por día, con los que actualiza cada domingo su web. “Siempre me han atraído las postales y estas contienen valiosos fragmentos del alma humana”. Warren colabora con una asociación para la prevención del suicidio, Hope, único enlace de su web, que no acepta ninguna publicidad. “No creo que haya una relación directa entre secretos y suicidios, sólo quería dar a conocer esta asociación, pero puede que el suicidio sea el gran secreto de América”. El artista ha cedido 100 de sus postales al grupo musical All-American Rejects, para realizar el vídeo de la canción Dirty Little Secret a cambio de donar 2.000 dólares a la asociación.Warren prepara cuatro libros más de secretos. https://elpais.com/diario/2006/03/23/ciberpais/1143081622_850215.html

*2 Drummond de Andrade
https://www.proceso.com.mx/193820/poema-de-navidad-de-drummond-de-andrade

*3 Al pasar por la puerta de la casa, los judíos tocan “con un dedo de la mano derecha la mezuzá, una cajita fijada en el umbral de la puerta” que contiene un papel o “tira de tela, con el nombre sagrado de dios inscrito o bordado.”
La mezuzá debe fijarse en el umbral derecho de cada recinto del hogar, sinagoga o establecimiento judío como recuerdo del creador.”
Debe ponerse a siete palmos de altura respecto al suelo, apuntando hacia el interior del recinto con el extremo superior.”
Después se besan el dedo y dicen:
“Que el señor proteja tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre.”

Diario de la peste 7:
Leo que uno de los más grandes icebergs de la historia
Por Gonçalo M. Tavares

Leo que uno de los más grandes icebergs de la historia, “un iceberg plano”, en la Antártida, medía “más de 31,000 km2.
“Bastante más grande que Bélgica”, añaden.
Leo que otro iceberg gigante, una especie de isla de 61 metros de espesor, “tardó 17 años en ser cartografiado”.

Empiezo a estudiar los bunkers, la historia, los tipos de bunkers.

Quiero estudiar también a los animales, comprender hábitos e instintos.

En el jardín de enfrente el sol parece hacer invitaciones inaceptables.
Cómo puede el paisaje ser una trampa, ya sin lobos ni tigres; y ningún terremoto.

Entrevista al filósofo español Emilio Lledó, en El País. *1
Habla de ese “peligro que no se oye”.
Dice que no se considera un faro de la sociedad, sino nada más “una velita con poca cera”.
Tiene 92 años.
Baja de su casa a comprar pan.
Ve que ya no existen algunas conservas en la tienda cercana.

En España murieron hoy 838 personas.
Pequeña vela con poca cera.

Hojeo A Lifetime of Secrets de Frank Warren. *2
Postales con secretos.
“Dejé de creer en dios desde que te divorciaste de papá.”

Hacer una lista: dejé de creer en dios porque.
Y otra lista.
Empecé a creer en dios porque.
Entrevistar gente, sacar conclusiones.
Razones promedio, razones límite.
Razones locas.
Soltar o aferrarse a lo que es fuerte.
El momento en que se suelta o se aferra uno a dios.
Razones para aferrarse y razones para soltar.
Y después: el tiempo entre una cosa y otra.

Lledó dice: tenemos que estar atentos para que nadie se aproveche de este virus “para extender la indecencia”.

Mis perras Roma y Jeri juegan en el jardín.
Esos son realmente sus nombres.
Nombres de ciudades.
Roma, la pastora de Berna, y no belga, que parece un oso, tiene algunos problemas de salud.
Tiene un año.
Tiene ahora una inflamación fea en la zona del codo.

Lledó dice: “estamos ante lo inexperimentado”.

Otra postal secreta:
“Mi mujer me ama. Después de 25 años, finalmente comprendí que esa es la única razón por la que yo la amo.”
Y en la línea de abajo:
“Esto no es razón suficiente para quedarme y no es razón suficiente para partir”.
“It’s not enough reason to stay and not enough reason to leave.”
Todo muy claro.
Una postal con fondo limpio, sin ningún dibujo, las palabras sobresalen.

En Italia murieron hoy 756 personas, en Portugal 19.
Hablan de picos y mesetas.

“Autoridades iraníes buscan 54 reclusos en fuga.”

Algunos humanos siguen queriendo lo mismo que querían en el siglo pasado.

“El virus es muy inteligente.”

Un policía lleva las bolsas de compras de una anciana para que ésta esté lo menos posible en la calle.

En las dos bolsas: verduras del día, fruta, galletas, gelatina, chocolate y chocolate.

¿No es demasiado? Pregunta el policía riendo.

“La cámara de Lisboa convierte el Club Nacional de Natación en albergue para personas en situación de calle.”
Imagino una piscina vacía ocupada ahora por gente que llegó del aire.
Los hombres que viven en el aire están ahora ocupando los carriles de la piscina vacía.
Carril número 1, carril número 2, carril número 3.

Francia 292 muertos, Grecia sólo 6.
El aire es enemigo de la casa, la casa es enemiga del aire. En 2020.
“Bebé de menos de un año infectado por el nuevo coronavirus muere en EU.”

Domingo, llamada al veterinario.
No contestó.
Mañana es lunes.

Ceremonias de entrada y salida de la casa.
Van Gennep, lo recomiendo.*3

Al pasar por la puerta de la casa, los judíos tocan “con un dedo de la mano derecha la mezuzá, una cajita fijada en el umbral de la puerta” que contiene un papel o “tira de tela, con el nombre sagrado de dios inscrito o bordado.”

Indicaciones generales, wikipedia:

“La mezuzá debe fijarse en el umbral derecho de cada recinto del hogar, sinagoga o establecimiento judío como recuerdo del creador.”

Indicaciones generales:

“Debe ponerse a siete palmos de altura respecto al suelo, apuntando hacia el interior del recinto con el extremo superior.”
Después se besan el dedo y dicen:
“Que el señor proteja tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre.”

Pensar en rituales de entrada y salida.

Botas fuera, botas dentro.

Un sitio de pornografía anuncia nuevas películas en las que los protagonistas llevan cubrebocas.

Un vecino toca una armónica.

Hilda Churchill nació en 1911 y murió en 2020 de coronavirus. *4
108 años.

Música: e a vida vai melhorá, a vida vai melhorá suena en el patio.

La Organización Mundial de la Salud recomienda hacer ejercicio y quizá también bailar.
Cómo se llega con las manos a los pies sin hacer trampa.

Adoptar una canción.
Manu chao ha sido adoptado como se adopta un perro para ahuyentar al miedo.
Mi ventana ha adoptado a manu chao, la abro para que entre la música.
Me gusta la montaña, me gustas tú.

Y hay una nueva canción de Dylan, todavía no la he escuchado.

https://www.infobae.com/cultura/2020/03/30/diario-de-la-peste-7-leo-que-uno-de-los-mas-grandes-icebergs-de-la-historia/
Día a día, el gran escritor portugués y maestro del texto breve busca poesía en el sombrío mar de la cuarentena. Infobae reproducirá sus columnas, que son originalmente publicadas por Expresso y que, traducidas por Paula Abramo, tomarán forma de libro en Interzona

*1 https://elpais.com/cultura/2020-03-28/emilio-lledo-ojala-el-virus-nos-haga-salir-la-caverna-la-oscuridad-y-las-sombras.html

*2 https://www.harpercollins.com/9780061238604/a-lifetime-of-secrets/
Frank Warren has invited people of all backgrounds and nationalities to send him creatively decorated postcards bearing secrets they have never before revealed. He has shared these PostSecrets on his award-winning blog, http://www.PostSecret.com, in an internationally traveling art exhibit, and in three electrifying books: the bestselling PostSecret, My Secret, and The Secret Lives of Men and Women.

Now, in his most extraordinary book yet, Warren again delves into our collective confessions, presenting a never-before-seen selection of provocative and moving PostSecrets. A Lifetime of Secrets lays bare our private fears, hopes, regrets, and desires, from people as young as eight and as old as eighty. From painful admissions of infidelity to breathtaking revelations and endearing sentiments, Warren’s latest collection will shock and move readers of every age, revealing secrets that have haunted their creators for a lifetime.
https://twitter.com/postsecret

*3 http://losojosdelvisitante.blogspot.com/2015/04/arnold-van-gennep-los-ritos-de-paso.html?m=1

*4https://www.elperiodico.com/es/internacional/20200329/muere-anciana-inglesa-coronavirus-gripe-espanola-7909726

1887 llega la epidemia de cólera a Santiago, en la foto una ambulancia de 1910.

En diciembre de 1886, cuando llegó la epidemia de colera a Chile, el miedo se apoderó de Santiago como una brisa rápida. Como hoy la radiación, en 1880 el cólera era una nube invisible y mortal que venía asolando al mundo en una pandemia mundial. Llevaba 8 millones de muertos desde Asia a Europa y cuando el 22 de diciembre de 1886 los diarios de la época informaron que en San Felipe, el peón Jerónimo Alvarez (criado del argentino Eloy Martínez) era el primer chileno que moría de cólera en manos de los curas Agustinos, en Santiago cundió el pánico.

La prensa de la época y algunas tesis y memorias realizadas documentan que el gobierno del Presidente José Manuel Balmaceda cerró la capital en un cordón sanitario tan obligatorio como inútil. Nadie podía entrar, pero sí salir. El tren al sur partía repleto desde Estación Central hasta Chillán. Los barcos en Valparaíso se mantuvieron a la gira y en cuarentena. Y siendo escasa la policía municipal, se convocó a los bomberos para controlar las calles y a los curas para atender los enfermos.

Los tónicos de hierbas, como el Licor de Hoffman, el mentol y el alcanfor, se agotaron en las droguerías en un día. Las cosechas de repollo (que el pensamiento popular consideraba culpable de la enfermedad) se incineraron completas. Pero el 15 de enero de 1887 cayeron los primeros enfermos en Barrancas, hoy Pudahuel. La ciudad se paralizó: la peste no tenía cura y sólo quedaba esperar encerrado en la casa tener la suerte de ver la espalda de la muerte cuando dejara Santiago.

Los bomberos recogían a los enfermos desde las casas marcadas y los llevaban a alguno de los tres lazaretos -hospitales provisorios que dispuso el gobierno para dejar agonizar a los contagiados- en carretas ambulancias. En las noches, esas mismas carretas tronaban tétricamente en los adoquines de una ciudad vacía, rumbo al cementerio. Al principio, a sus propias tumbas del Cementerio General, pero luego fueron tantos, que el gobierno dispuso la creación de un sitio especial en la ribera del río a dos kilómetros de donde terminaba la ciudad, en Avenida Independencia.

En el Cementerio de Coléricos se prohibieron los rituales fúnebres y los cuerpos eran sepultados en una bóveda uno junto a otro, sin ataúd, envueltos en lona. Luego, se tapiaban con tierra del río y una solución de sulfuro que se pensaba eliminaba el contagio. Más tarde, se cercó el lugar y mediante un decreto (el 606) se dispuso que se prohibía la exhumación, remoción y construcción en el lugar. Cuando se descubrió por casualidad en 2003 y luego de terminado el estudio arqueológico, la Costanera Norte depositó los cuerpos removidos en una nueva fosa de concreto.

Poco a poco se fue apagando esta epidemia de cólera, que asoló a varias provincias del territorio nacional. A raíz de lo sucedido, el gobierno creó el 19 de enero de 1889 el Consejo Superior de Higiene Pública. El proyecto presentado por el doctor Corbalán Melgarejo sirvió de base para la redacción de la ley que el 15 de noviembre de 1892, dio estructura definitiva a este Consejo. Aun cuando continuó únicamente como un organismo consultivo, esa ley tuvo la ventaja de permitir la creación del Instituto de Higiene, que tantos servicios prestó a la comunidad y que con el correr de los años se transformó en el Instituto Bacteriológico, hoy Instituto de Salud Pública.

¿Cuántas vidas cobró la epidemia? “La aparición del cólera motivó un sorpresivo y arduo trabajo de los sepultureros en 1886 y años siguientes. Según datos del registro civil, 23.432 personas murieron víctimas de esta enfermedad, lo que era bastante para una población de 3 millones”.

El doctor Adolfo Murillo estimó en aproximadamente 40.000 el número de fallecidos en todo el país .

En la campaña del cólera, participaron 200 médicos y 100 estudiantes de medicina.

Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues, según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:

–¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.

En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.

Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.

–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.

Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.

–¿Cuándo te lo mandaste a hacer?

–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te

parece?

–¿Con qué dinero lo pagaste?

–Mamá me regaló unos pesos.

Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.

Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.

Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.

–¿Qué quiere? –repitió dos veces.

–Vengo a buscar a mi perro –decía la de voz de una muchacha–. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.

–Los barriletes son juegos de varones.

–Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.

–Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.

–Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.

–No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?

–Bruto.

–Lléveselo, por favor, antes de que me encariñe con él.

–Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo cuidar.

–Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.

–No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?

–¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.

–A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.

–No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?

–Bueno. Me quedaré con él.

–Gracias, Violeta.

–No me llamo Violeta.

–¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.

Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en este barrio. Yo pasaba todas las tardes por la Plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:

–¿Te gustaría que me llamara Violeta?

–No me gusta el nombre de las flores.

–Pero Violeta es lindo. Es un color.

–Prefiero tu nombre.

–Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó.

–¿Qué haces aquí?

–Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.

–Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.

–No me parece lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?

–¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?

–Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. “Ir y quedar y con quedar partirse.”

Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? de todo), durante el trayecto apenas le hablé.

Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio –le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.

–No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.

–Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.

–No me fijo en esas cosas.

–Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.

–He cambiado mucho.

–Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo de leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.

–No te comprendo –me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.

Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:

–Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?

–Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza. ¿Será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.

No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.

Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.

–Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.

–No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta –respondió mi mujer.

–Usted está mintiendo.

–No miento. No tengo nada que ver con Daniel.

–Yo quiero que usted sepa las cosas como son.

–No quiero escucharla.

Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces, advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.

No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles.

En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!

Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:

–Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada –fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.

A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me apreció la más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:

–¿No vivía una tal Violeta?

–Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.

–Canto con una voz que no es mía –me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.

Fingí no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.

De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.

Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.

Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos.

Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.

Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.

–¿Usted es el marido?

–No, soy un pariente – le respondí secándome los ojos con un pañuelo.

–Usted será uno de sus innumerables admiradores –me dijo entornando los ojos y tomándome la mano–. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena.

–Quiere consolarme –le dije.

Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:

–Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: “Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que trasmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse”.

Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:

–No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa, ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?

Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López, que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.

Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.

Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.