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Tel Aviv era un horno. Nunca supe si en el aeropuerto Ben Gurión no había aire acondicionado o si ese día no estaba funcionando o si tal vez alguien había decidido no encenderlo para que así los turistas nos adaptáramos rápido a la pastosa humedad del Mediterráneo. Mi hermano y yo estábamos de pie, agotados, desvelados, esperando a que salieran nuestras maletas. Era casi medianoche y el aeropuerto ya no parecía un aeropuerto. Me extrañó ver que algunos pasajeros, también esperando sus maletas, habían encendido cigarros, y entonces yo también saqué uno y lo encendí y de inmediato el humo amargo me refrescó un poco. Mi hermano me lo arrebató. Soltó un suspiro de humo entre indignado y rabioso y murmuró alguna injuria mientras se secaba la frente con la manga de su playera. Ninguno de los dos quería estar allí, en Tel Aviv, en Israel.
Nuestra hermana menor había decidido casarse. Nos llamó a Guatemala desde un teléfono público para decir que había conocido a un judío ortodoxo norteamericano, o más bien que los rabinos de su yeshivá de Jerusalén le habían presentado a un judío ortodoxo norteamericano, de Nueva York, de Brooklyn, y que habían tomado la decisión —nunca entendí quiénes, si los rabinos o ellos dos— de casarse. Mi papá agarró el teléfono, gritó un rato, intentó disuadirla otro rato, y después, resignado, le pidió o suplicó que nos esperara, que íbamos en camino. Llevaba ella casi dos años viviendo y estudiando la Torá y otros textos rabínicos en una yeshivá de mujeres en Jerusalén. Al principio todos pensamos que era nada más una leve fiebre sionista o hebraica, un arrebato juvenil por encontrar manifestaciones más profundas de la religión de nuestros abuelos, y que ya se le pasaría. Pero pronto empezó a cambiar su discurso. En cartas, en llamadas, sus palabras ya no eran suyas. Su lenguaje se fue tornando, como sucede siempre con gente repentinamente devota, en un lenguaje arisco y frívolo, en una prédica nada tolerante. Cambió legalmente su nombre a la versión en hebreo. Empezó a enviarnos fotos donde salía tapándose —a veces con un pañuelo, a veces con una peluca— sus hermosos rizos negros: según las reglas y costumbres judías ortodoxas, nos explicó, la belleza de una mujer se manifiesta en su cabello, que es una tentación para los hombres, y ellas, por tanto, deben esconderlo.
Igual con la piel. Mi hermana, joven y guapa, ya sólo usaba vestidos flojos, largos, de una pieza, que no mostraran sus hombros, ni su cuello, ni sus brazos, ni mucho menos sus piernas. Como si fuese prisionera de un atuendo. Como si la tentación pudiese ocultarse nada más bajo un vestido flojo y una peluca. Recuerdo que durante ese tiempo una sola vez volvió a Guatemala, de visita. Nos advirtió con arrogancia que ya no podía tocar a ningún hombre al saludarlo; que sus comidas las prepararía ella misma en las dos vajillas que traía desde Israel, una para lácteos y otra para carnes; que en las veinticuatro horas que dura el shabát teníamos prohibido montarnos a un auto, trabajar, leer, echar agua en todos los inodoros de la casa excepto uno —ni idea de por qué—, encender cualquier lámpara salvo aquellas que, estratégicamente, ella había dejado encendidas desde el ocaso del viernes previo y debían mantenerse encendidas hasta el ocaso del sábado. En algún momento, recuerdo, sentados los cinco alrededor del comedor de la casa de mis padres, mi hermana nos anunció tajante que, según ella, según sus nuevos maestros y rabinos ortodoxos, nosotros cuatro no éramos judíos. Mi papá pegó un par de alaridos. Mi mamá se puso de pie y se marchó llorando, y mi hermano se fue tras ella. Vaya, le respondí a mi hermana, al menos en eso sí estamos de acuerdo.
El carrusel negro seguía inmóvil. Llevábamos casi una hora esperando que salieran las maletas. Aunque mi hermano refunfuñaba de cuando en cuando, ningún otro pasajero parecía muy molesto, tampoco muy sorprendido. Quizás porque todos sabíamos que las medidas de seguridad en Israel son mayores. Quizás porque después de tantas horas de vuelo uno nada más agradece ya no estar metido en su medio metro de avión. ¿Cuánto es de aquí al hotel?, me preguntó mi hermano. Todavía nos faltaba el trayecto en taxi a Jerusalén. Mis papás habían llegado unos días antes para no sé qué preparativos de la boda y nos habían dicho que al salir del aeropuerto tomáramos un taxi al hotel Kadima, en Jerusalén, que no era más de media hora de viaje, que allí nos estarían esperando. Iba a contestarle a mi hermano que aproximadamente media hora, cuando de pronto me encandiló un batallón de aeromozas de Lufthansa. Eran cinco o seis chicas, todas vestidas con sus relucientes uniformes de Lufthansa y con sus gorritas amarillas de Lufthansa y sonriendo sus enormes sonrisas de Lufthansa. Nosotros habíamos volado en Lufthansa, vía Frankfurt, donde el avión, primero estacionado en la puerta de embarque y luego en su recorrido lento hacia el despegue, fue vigilado y escoltado por dos patrullas de la policía alemana y una tanqueta militar.
Las cinco o seis aeromozas se dirigieron juntas hacia un pasajero que estaba fumando recostado contra un enorme cartel de cerveza. Yo de inmediato me sentí culpable y machaqué mi cigarro en el suelo. El señor, un tipo de tal vez cincuenta años, calvo, gordo, pálido, sudoroso, en pantalón corto y sandalias de hule, les mostró su pasaporte y su boleto y al mismo tiempo empezó a discutir recio con ellas, quizás en hebreo o en árabe. Una de las chicas se quedó con los documentos del señor y, por sus muecas y ademanes, parecía estar diciéndole que las acompañara a alguna parte. Pero el señor sólo gritaba y gesticulaba cada vez más recio. De algún lado salieron dos soldados vestidos de verde y sosteniendo ametralladoras y se colocaron a ambos lados del señor. Uno de los soldados insistía en quitarle su mochila, pero el señor la tenía aferrada contra el pecho y parecía estar gritándole que no estaba dispuesto a cederla vivo o, cuando menos, sin una buena pelea. Había empezado a girar el carrusel negro ya con las primeras maletas. A ningún pasajero le importó. Todos mirábamos al señor con una mezcla de curiosidad y miedo y algo de expectativa. Incluso varios pasajeros se habían acercado, por metiches, por si acaso, por si las aeromozas necesitaban ayuda o apoyo. Pero de pronto, en un movimiento experto y premeditado, los dos soldados sujetaron al señor, lo botaron al suelo, lo esposaron, y luego, mientras él seguía gritando en hebreo o en árabe, se lo llevaron medio arrastrado. Así de fácil. Así de rápido.
Varias aeromozas de Lufthansa también se marcharon. Pero dos se quedaron paradas en el mismo sitio, hablando en susurros y también tranquilizando a varios de los pasajeros. Mi hermano me miraba con los ojos muy abiertos mientras movía la cabeza. Quizás pensando: linda bienvenida. O quizás pensando: a dónde mierdas nos han traído. Alcé los hombros. Qué más podía decirle. Nos acercamos despacio al carrusel de maletas que seguía crujiendo y rechinando, pero crujiendo y rechinando con garbo, con donaire, como una opulenta reliquia. No sé por qué volví la mirada una vez más hacia las dos aeromozas de Lufthansa. Y tampoco sé por qué —acaso influyó el brillo de su uniforme amarillo— había tardado tanto en reconocerla. No puede ser, le dije emocionado a mi hermano, agarrándolo fuerte del brazo. ¿Qué pasa? Mire, le dije. ¿Mire qué? Allá, le dije, la aeromoza, le dije señalando con la mirada. Creo que es ella, le dije. ¿Cree que es quién? Quizás los uniformes amarillos de Lufthansa aún lo tenían medio deslumbrado, o quizás no la recordaba, o quizás nunca la conoció y yo sólo le había contado de ella. La aeromoza, le dije señalando de nuevo con la mirada. Ya, la veo, ¿y qué pasa con la aeromoza? Lo solté y me quedé viéndola unos segundos, inseguro o temeroso. Creo que es Tamara, le dije. ¿Es quién? Tamara, le repetí un poco sorprendido de haber recordado su nombre después de tanto tiempo, un nombre que de pronto me sonó sublime, ajeno, hasta inventado. Mi hermano la observó unos segundos mientras también hacía un esfuerzo por retroceder todos esos años en su memoria y ubicarse en el pasado y procesar aquellas empolvadas imágenes. Pero usted está loco, me dijo, eso es imposible, ¿cómo puede ser la misma? Es ella, le dije y me quedé estudiando un poco sus ojos y sus labios y sus mejillas pálidas y pecosas y su pelo color castaño cobre y apenas salpimentado de canas y tiene ahora el pelo más corto y canoso, le dije a mi hermano, pero es Tamara, le dije ya casi convencido y caminando lentamente en esa dirección. Oiga, ¿adónde va?, le oí decir detrás de mí, si ya están saliendo todas las maletas. ¿Era posible? ¿Era Tamara? ¿Me reconocería después de tantos años? ¿Se acordaría de mí? ¿Me daría un abrazo o un beso o a lo mejor una bofetada? No lo haga, me gritó mi hermano por encima del chirrido del carrusel, no es ella. ¿Tamara?, tocándole el hombro.

Era la una de la mañana cuando por fin salimos mi hermano y yo a la acera del aeropuerto. Había varios taxis, de algunas compañías, de múltiples colores. Sin pensarlo mucho nos acercamos a una furgoneta roja y blanca que parecía más formal y le dijimos al con ductor que al hotel Kadima, en Jerusalén. El tipo, deprisa y como enojado, nos dijo yes, yes, Kadima, Yerushalayim, y señaló con la mano hacia atrás. Abrimos las dos puertas traseras, guardamos nuestras maletas, luego dimos la vuelta y entramos por la puerta lateral. En la primera fila había una pareja de turistas franceses que, supuse, también iban al hotel Kadima de Jerusalén. Los saludamos mientras nos tumbábamos detrás de ellos, en la segunda fila, exhaustos. ¿Y entonces?, me volvió a preguntar mi hermano con impaciencia. El taxista estaba gritándole a alguien por radio. Empezó a parecerme extraño que no cerrara su puerta, que no arrancara el motor de la furgoneta para marcharnos. ¿Me va a contar o no?, preguntó mi hermano con los ojos medio cerrados y tono bravucón y yo recosté la cabeza en el respaldo del asiento. Escarlata, le dije. Antes de verla sonreír con pudor, antes incluso de verla abrir un poco más su mirada azul mediterránea, supe que Tamara finalmente me había reconocido al ver desaparecer, en un repentino torrente escarlata, las minúsculas pecas de sus mejillas. Pero después todo fue torpeza. Nos abrazamos con torpeza. Nos preguntamos y respondimos cosas con torpeza, con cliché, con el caos que genera la emoción y el temor de un reencuentro en medio de pasajeros y maletas y el bochorno del aeropuerto y la evidente gravedad de su uniforme de Lufthansa: interrumpiéndonos y tropezándonos por querer resumir tantos años en unos cuantos segundos. Luego callamos con la misma torpeza, ambos quizás pensando en un encuentro breve y pasado que creíamos haber dejado atrás pero que de pronto volvía y explotaba con la potencia de un volcán. Me preguntó en inglés cuánto tiempo estaría en Israel, y le balbuceé que unos días, que pocos días, sólo para la boda de mi hermana menor, y sí, una boda ortodoxa, y sí, en Jerusalén, y sí, en el hotel Kadima. Su compañera de Lufthansa la llamó, como apurándola, y Tamara le respondió algo en hebreo. Luego sacó un pedacito de papel y escribió su número de teléfono y me dijo que por favor la llamara, que vivía muy cerca del hotel Kadima, que podía pasar a buscarme y llevarme a conocer algunos sitios. ¿De acuerdo, Eduardo?, pronunciando mi nombre como si no fuera mi nombre o como si fuera una versión de mi nombre sólo para ella, y lanzándome fugazmente hacia un bar escocés y unas cuantas cervezas y una boca en forma de corazón y pezones que se muerden duro o se muerden suave, todo depende. ¿De acuerdo?, y se acercó. Me entregó el papel. Puso su mejilla escarlata y pecosa contra la mía y la dejó allí y por favor llama, susurró, ahora sin torpeza alguna y susurrándome mucho más que esas tres llanas palabras. Me gustó sentir el contraste entre su aliento tibio y su mejilla helada. Me gustó reconocer su olor. Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo de mi camiseta. ¿Llamarás?, retrocediendo unos pasos. Le dije que seguro, que esta vez sí, que contara conmigo, y una ligera sonrisa, y entonces Tamara me dijo algo en hebreo, quizás hasta luego, quizás más te vale, y se marchó con su compañera de Lufthansa. ¿Llamará?, me preguntó mi hermano, quien llevaba más de una hora durmiéndose y despertándose y maldiciéndome a mí, al taxista, a los vestigios militares puestos como decoración a lo largo de la autopista, a los turistas franceses, a la eterna y laberíntica odisea nocturna hacia nuestro hotel de Jerusalén. No sé, le dije negando con la cabeza vanamente en la oscuridad de una furgoneta vacía, ya sin más pasajeros: uno de los cinco pasajeros, un joven israelí volviendo del Perú, nos había explicado en español que aquello era un tipo de taxi colectivo, llamado sherut. Guardé silencio, recordando el rostro sonrojado de Tamara, recordando con placer el olor a lavanda de Tamara, y recordando de pronto el anillo de oro blanco en su anular izquierdo. ¿Llevaba puesto un anillo de oro blanco? ¿Se lo había visto o me lo estaba imaginando ahora, en el silencio de una furgoneta vacía? ¿Se había casado? Cuando por fin nos detuvimos en la entrada del hotel eran las tres de la madrugada. El Monasterio fragmento
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Un viaje ultraortodoxo
JAVIER GOÑI

4 JUL 2014 –

Eduardo Halfon regresa con ‘Monasterio’ a la búsqueda febril de la identidad

Eduardo Halfon, descendiente de judíos libaneses y polacos, es escritor guatemalteco. Guatemalteco porque sus antepasados, que huían en barco dejando atrás una Europa hostil, desembarcaron en Guatemala por error creyendo que era Panamá, adonde se dirigían por tener allí un pariente judío. Y es escritor, entre otros muchos motivos, porque su abuelo tenía tatuados en el brazo unos números, y él de niño creía que eran los de un teléfono y no el código del horror nazi. Y así, EH, escritor, judío, a veces, como dice el EH, protagonista de algunos de sus relatos, como en esta novela corta, donde todo está caligrafiado aprovechando la sustancia y desdeñando todo lo superfluo, vuelve, ahora, en Monasterio a uno de sus temas más recurrentes, al viaje como huida del pasado (una forma de regresar, acaso), como búsqueda febril de una identidad, de un pretender encontrar acomodo en un mundo hostil, que lo es para todos, pero especialmente para muchos de esa galería de retratos, un tanto espectrales.
Quien conozca algunos de sus títulos anteriores, como esa espléndida colección de relatos, El boxeador polaco (aquel que le salvó la vida a su abuelo), o esa perfecta novela también más o menos corta, La pirueta (ambas en Pre-Textos), que tiene mucho que ver con la confusión de identidades balcánicas, con la necesidad de encontrarse viajando, con la música como hilo conductor, reguero de migas de pan que te permite no extraviarte del todo; quien conozca estos libros de Halfon no se sorprenderá desde luego de encontrarse en Monasterio no solo con la metáfora del viaje —siempre el viaje, de dos hermanos guatemaltecos, uno de ellos EH, a Israel, al más profundo e intolerante, para asistir a la boda ultraortodoxa de su hermana que va a casarse con un neoyorquino ultraortodoxo—, sino también con algunos guiños a textos suyos anteriores, el abuelo, siempre —emotiva y divertida escena en el velatorio con un rabino pelma—, el boxeador polaco y, sobre todo, esa bellísima azafata (ahora, exsoldado entonces) que se encuentra en el aeropuerto de Tel Aviv y que es la misma bellísima mujer que conoció, en un relato anterior, de hace unos años, en un bar escocés (que no lo era) de la Antigua Guatemala, relato aquel que prácticamente incluye a modo de capítulo en esta novela, pues para ese judío, a veces que puede que sea el EH real, siendo como lo es el EH de la novela, frente a la asfixia de ese judaísmo ultraortodoxo, la presencia de la hermosa azafata y ese viaje improvisado —el viaje, siempre— a las orillas del mar Muerto tiene una carga erótica que aligera muchas presiones ultras. El contraste está muy logrado, como todo en esta novela que, acaso, frente a sus libros anteriores, puede que ande algo lastrada por cierta ligereza. Pero lo esencial, sus calidades literarias están ahí.

Monasterio. Eduardo Halfon. Libros del Asteroide. Barcelona, 2014 122 páginas
https://elpais.com/cultura/2014/07/01/babelia/1404233953_443859.html

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“Una cosa desnuda y vibrante de 1000 piernas y 1000 manos y 1000 lenguas con sabor a guayaba que jamás serán suficientes para hacer el amor. Sin pronunciar una sola palabra o al menos sin pronunciar una sola palabra inteligible: las cuales siempre significan más. Y nos quedamos medio dormidos , así , empalmados , inseparables , acabando nunca (el sexo, en efecto, es mejor en gerundio), hasta que, con las primeras luces del día, oí el grito lejano de un niño o tal vez de un gallo y me despabiló una brisa en el pecho y la vi sentadita y tibia en la cama. Relumbraba ambarina”

Galardonada con el XIV Premio de Novela Corta José María de Pereda, esta obra es la historia insondable y prohibida de un pianista serbio. Pero también es la historia de una odisea balcánica, de la obsesión por un jazzista, de una persecución misteriosa y erótica, de cómo esa historia primero se escapa de las fronteras de cualquier amistad, luego rebasa los límites.
Eduardo Halfon

Se puede afirmar, sin temor a la indignación de los sabios, que en los tiempos que corren es cada vez más improbable tropezar con la aventura.
Lo imprevisto, lo extraño, lo misterioso no sucede nunca.
Curiosamente, parecen existir muchísimas personas con espíritu aventurero. Todos los días conversa uno con señores que desean vivamente una vida más interesante y un teatro de acontecimientos más rico y más amplio.
Esta gente sale de su casa cada mañana esperando que algo ocurra y buscando, como decía Whitman, “algo pernicioso y temible, algo incompatible con una vida mezquina, algo desconocido, algo absorbente, desprendido de su anclaje y bogando en libertad”.
Pero la búsqueda es siempre inútil y casi todos los hombres, en el ocaso de sus vidas, confiesan que no han vivido jamás una aventura.
¿Dónde están -se pregunta uno-las doncellas atormentadas por un gigante que desde la torre de algún castillo esperan nuestra intervención salvadora?
En ninguna parte. Ya no quedan gigantes, ni castillos, ni -mucho menos- doncellas.
La actual civilización parece pensada para evitar las aventuras. Porque en realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse.
Siendo la seguridad un valor cuya admiración se promueve de continuo, es inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnológico que se realiza esté destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores, los semáforos, las pildoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los cierres de cremallera, las agendas, los paracaídas. Todos estos inventos alejan el sobresalto.
Naturalmente, siempre queda alguna grieta como para que se introduzca lo extraordinario. Pero no es suficiente. Para demostrarlo, vale la pena realizar una sencilla experiencia: pidamos a nuestros conocidos que refieran los hechos más curiosos que han vivido. Los resultados serán entre aburridos y penosos.
Alguien quedó encerrado en el ascensor durante una hora. Otro dice haber ganado un jarrón en una kermesse. Un tercero obtuvo un boleto capicúa.
Se trata de aventuras miserables.
Los griegos pensaban que las cosas ocurrían sólo para que los hombres pudieran contarlas luego. Si esto es cierto, el futuro de nuestras conversaciones es poco prometedor. ¿Qué les contaremos a nuestros nietos? ¿Que una vez vimos un choque? ¿Que se nos reventó un sifón? Pobre será la épica que surja de estos modestos cataclismos.
El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoción. La televisión y el cine son sus melancólicos proveedores de asombro.
Chesterton había inventado una solución genial: la Agencia de Aventuras.
Era una empresa que atendía a los caballeros que experimentaban el deseo de una vida variada.
Mediante la satisfacción de una suma anual, el cliente se veía rodeado de acontecimientos fantásticos y sorprendentes provocados por la Agencia.
El hombre salía de su casa y se le acercaba un chino excitadísimo quien le aseguraba que existía un complot contra su vida. Si tomaba un coche, era conducido al Barrio del Invierno, donde cunden las riñas, los marineros egipcios y las mujeres peligrosas. Gracias a esta eficiente organización, el aventurero se veía obligado a saltar tapias, a pelear con extraños o a huir de desconocidos perseguidores.
Pero la realidad, aun cuando ha sido capaz de depararnos empresas tan absurdas como las que investigan mercados o gestionan transferencias de automóviles, no nos ha brindado una Agencia de Aventuras.
¿Qué puede hacerse entonces?
Pues hay que actuar. No podemos pensar que las aventuras vendrán a nosotros. De nada sirve esperar lo imprevisto mirando vidrieras o sentados en el umbral. Es necesario que uno mismo provoque sucesos extraordinarios.
Para demostrar que esto es posible, abandonaremos las anchas avenidas de los Enunciados Generales para ingresar en el Laberinto de los Ejemplos Concretos. Para decido de una vez, nos proponemos impartir instrucciones precisas para vivir aventuras.

Aventura de la mujer rubia

Antes de comenzar a vivir este episodio, usted debe elegir a una mujer rubia. Desde luego, es preferible que sea hermosa. y desconocida.
Una vez que usted se haya decidido por una rubia determinada, comience a seguida. Pero, atención. No se trata de escoltada durante un par de cuadras murmurándole frases ingeniosas. Hay que seguida silenciosamente y en forma perpetua. Hasta su casa. Hasta su trabajo. Hasta donde fue re necesario.
Esto no debe interrumpirse jamás. Cada vez que ella entre en un edificio, usted deberá permanecer afuera esperando su salida.
No hay que disimular. La idea es que la mujer rubia advierta cabalmente que usted la está siguiendo. Esto la pondrá muy nerviosa y hasta es probable que llame al vigilante.
Pasarán días, semanas, y tal vez meses. Usted se convertirá en una sombra familiar y silenciosa. Si la mujer rubia tiene novio, no abandone la empresa. Después de todo, usted solamente quiere que algo ocurra. y tarde o temprano algo ocurrirá.

Aventura del timbre que suena en la noche

Usted camina por una calle oscura. Son las cuatro de la mañana. Tal vez llueve. De pronto, frente a una casa cualquiera, usted resuelve tocar el timbre. Pasan los minutos. Usted vuelve a tocar. Un hombre consternado abre la puerta.
-¿ Qué ocurre? -pregunta.
-Ando en busca de una aventura -contesta usted.

Aventura de la novia perdida
Un día usted resuelve encontrar a su Primera Novia. Si usted ha tenido el descaro de casarse con ella, es evidente que la cosa no constituye una aventura sino una fatalidad.
Pero supongamos que usted no la ve desde hace veinte años. No sabe qué ha sido de ella.
Apenas recuerda su nombre y su cara ha tomado ya la forma de los sueños y el recuerdo.
Usted hace averiguaciones. Indaga entre quienes la han conocido. Investiga en los lugares en los que ella trabajó o estudió. Recorre calles al acaso, cree reconocerla dos o tres veces. Alguien le pasa un dato cierto.
Mientras todo esto ocurre, usted se vuelve a enamorar de la Primera Novia y sueña todas las noches con ella, como solía hacer veinte años atrás.
Un día usted descubre su paradero. Sabe exactamente dónde encontrarla. Tiene la dirección, el número de su teléfono y conoce los horarios en que es apropiado llegar a ella.
Usted piensa que la aventura ya puede comenzar, pero en realidad es aquí donde debe terminar.

Aventura del tunel que va a cualquier parte
Usted y un grupo de amigos aventureros comienzan a excavar un túnel en el fondo de una casa, que puede ser la suya.
La tarea deberá acometerse con el mayor vigor.
Durante la excavación se irán descubriendo objetos extraños, tales como huesos, cascotes, tapitas de cerveza, zapatillas fósiles y antiguos pozos ciegos.
El trabajo durará meses y meses. Durante ese lapso surgirá una deliciosa camaradería entre los integrantes del grupo. Es muy probable que todos sean despedidos de sus trabajos habituales, en razón de las inasistencias, la impuntualidad y la suciedad, inevitables cuando uno excava un túnel. Por las mismas razones, los que tuvieren novia serán abandonados.
Así las cosas, la única preocupación del grupo será cavar y cavar. Un día cualquiera, cuando el túnel ya tenga una extensión considerable, se comenzará a excavar hacia la superficie. y aquí viene el momento fundamental de la aventura. ¿Dónde aparecerán los viajeros subterráneos? ¿En el hall de una casa habitada por señoritas solteras? ¿En una panadería? ¿En un convento?

Hay otras aventuras posibles: la del que se embarca en un carguero sueco, la del viaje subterráneo a través del arroyo Maldonado, la del que investiga a los mendigos para descubrir que son ricos, la del que se mete en el baño de damas, la del que se agacha a ver por qué no explota el cohete. .. Hay que elegir.

Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen. Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez.

Alejandro Dolina, del libro “El libro del fantasma”.


La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolíaLa tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.

Eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal, carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dáncings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y restos de ternura chocando
contra el «New Inn», las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal, carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dáncings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y restos de ternura chocando
contra el «New Inn», las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.

Yo temblaba al mirarte, yo temblaba como tiemblan las ramas reflejadas en el agua movida por el viento.
Durante muchos días me seguiste.
En el canto del pájaro, en las sombras,
en las modulaciones del espacio:
aprendí a conocerte.
Yo sentía tu luz atravesarme
como una flecha de oro envenenada.
Te desobedecía arrepentida.
Me hablabas en secreto.
En los espejos rotos, en la tinta
azul de los cuadernos que dejabas
sobre la mesa de mi dormitorio.
Yo temblaba al mirarte, yo temblaba
como tiemblan las ramas reflejadas
en el agua movida por el viento.
Ahora que conozco tus señales,
tu piel y tus orejas, tu semblante,
no trataré de desobedecerte,
y me arrodillaré frente a tu imagen,
implacable sibila que me sigues.

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.

¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos? Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes.

A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón. Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.

El día que fuimos perros no fue un día cualquiera, aunque empezó como todos los días. Despertamos a las seis de la mañana y supimos que era un día con dos días adentro. Echada boca arriba, Eva abrió los ojosy, sin cambiar de postura, miró a un día y miró al otro. Hacía ya rato que yo los había abierto y que, para no ver la inmensidad de la casa vacía, la miraba a ella. ¿Por qué no nos habíamos ido a México? Todavía no lo sé. Pedimos quedarnos y nadie se opuso a nuestro deseo. La víspera, el corredor se llenó de maletas: todos huían del calor de agosto. Muy temprano las maletas se fueron en un carricoche de caballos; sobre la mesa quedaron las tazas de café con leche a medio beber y la avena cuajada en los platos. Cayeron sobre las losas del corredor los consejos y las recomendaciones. Eva y yo los miramos desdeñosas. Éramos dueñas de los patios, los jardines y los cuartos. Cuando tomamos posesión de la casa, nos cayó encima un gran peso. ¿Qué podíamos hacercon los arcos, las ventanas, las puertas y los muebles? El día se volvió sólido, el cielo violeta se cargó de papelones oscuros y el miedo se instaló en los pilares y las plantas. En silencio deambulamos por la casa y vimos nuestros pelos convertirse en harapos. No teníamos nada que hacer, ni nadie a quién preguntarle qué hacer. En la cocina, los sirvientes se acurrucaron alrededor del brasero, para comer y dormitar. No se tendieron las camas; nadie regó los helechos, ni levantó las tazas sucias de la mesa del comedor. Al oscurecer, los cantos de los criados nos llegaron cargados de crímenes y penas y la casa se hundió en ese día, como una piedra en una barranca muy hondDespertamos decididas a no repetir la víspera. El nuevo día brillaba doble e intacto. Eva miró los dos días paralelos que brillaban como dos rayas escritas en el agua. Después, contempló el muro, en donde estaba Cristo con su túnica blanca. Pasó luego los ojos al otro cuadro, que mostraba la imagen de Buda envuelto en su túnica naranja, pensativo, en medio de un paisaje amarillento. Entre los dos cuadros que vigilaban su cabecera Eva había colocado un recorte de periódico con una fotografía en la que una señora de boina se paseaba en una lancha. «La Krupskaia en el Neva» decía el pie de la fotografía.
—Me gustan los rusos —dijo Eva, y en seguida palmoteó para llamar a los criados. Nadie acudió a su llamado. Nos miramos sin sorpresa. Eva palmoteaba desde uno de los días y sus palmadas no llegaban al día de la cocina.
—Vamos a husmear —me dijo.
Y saltó a mi cama para mirarme de cerca. El pelo rubio le cubría la frente. De mi cama salió al suelo, se puso un dedo en los labios y penetró con cautela por el día que avanzaba paralelo al otro. Yo la seguí. Nadie. El día estaba solo y era tan temible como el otro. Los árboles quietos, el cielo redondo, verde como una pradera tierna, sin nadie también, sin un caballo, sin un jinete, abandonado. Del pozo salía el calor de agosto, que había provocado la huida a México. Echado junto a un árbol estaba Toni. Ya le habían puesto la cadena. Nos miró atento y vimos que él estaba en nuestro día.
—Es bueno Toni —dijo Eva y le acarició la boca abierta.
Después se echó junto a él y yo me eché del otro lado.
—¿Ya desayunaste, Toni?
Toni no contestó, sólo nos miró con tristeza. Eva se levantó y desapareció entre las plantas. Volvió corriendo y se echó otra vez junto a Toni.
—Ya les dije que preparen la comida para tres perros y ninguna gente.
Yo no pregunté nada. Junto a Toni la casa había perdido peso. Por el suelo del día caminaban dos hormigas; una lombriz se asomó por un agujerito, la toqué con la punta de un dedo y se volvió un anillo rojo. Había pedazos de hojas, trocitos de ramas, piedras minúsculas y la tierra negra olía a agua de magnolia. El otro día estaba a un lado. Toni, Eva y yo, mirábamos sin miedo sus torres gigantescas y sus vientos fijos de color morado.
—Tú, ¿cómo vas a llamarte? Busca tu nombre de perro, yo estoy buscando el mío.
—¿Soy perro?

—Sí, somos perros.

Acepté y me acerqué más a Toni, que movió la cabeza disgustado. Recordé que él no se iría al cielo: yo correría su misma suerte. «Los animales no van al cielo». Nuestro Señor Jesucristo no había puesto en el cielo un lugar para perros. El señor Buda tampoco había puesto un lugar en el Nirvana para perros. En la casa era muy importante ser bueno para ganar el cielo. No podíamos ahorrar, ni matar animales; éramos vegetarianos y los domingos tirábamos el domingo por el balcón, para que lo recogiera alguien y aprendiéramos a no guardar nada. Vivíamos al día. La gente del pueblo husmeaba por los balcones de la casa: «Son españoles», decían y nos miraban de soslayo. Nosotros no sabíamos que no éramos de allí porque allí estábamos ganando el cielo, cualquiera de los dos: el blanco y azul o el naranja y amarillo. Ahora en ninguno de los dos había lugar para nosotros tres. Los alquimistas, los griegos, los anarquistas, los románticos, los ocultistas, los franciscanos y los romanos, ocupaban los anaqueles de la biblioteca y las conversaciones de la mesa. Tenían un lugar aparte los Evangelios, los Vedas y los poetas. Para los perros no había más lugar que el pie del árbol. ¿Y después? Después estaríamos tirados en cualquier llano.

—Ya encontré mi nombre.
—¿Ya? —Eva se enderezó curiosa.

—Sí: Cristo.

Eva me miró con envidia.
—¿Cristo? Es buen nombre de perro.
Eva acomodó la cabeza sobre las patas delanteras y cerró los ojos.
—También yo encontré el mío —dijo enderezándose de pronto.
—¿Cuál?

—¡Buda!

—Es muy buen nombre de perro.
Y el Buda se echó junto al Toni y empezó a gruñir de gusto.
Nadie vino a visitar el día de Toni, del Cristo y del Buda. La casa estaba lejos, metida en su otro día. Las campanadas del reloj de la iglesia no indicaban nada. El suelo empezó a volverse muy caliente: las lombrices entraron en sus agujeros, los pinacates buscaron los lugares húmedos debajo de las piedras, las hormigas cortaron hojas de acacia, que les servían de sombrillas verdes. En el lugar de los perros había sed. El Buda ladró con impaciencia para pedir agua, el Toni lo imitó y en seguida el Cristo se unió a los ladridos. Por un caminito lejano aparecieron los pies de Rutilio calzados con huaraches. Traía tres jarros llenos de agua. Indiferente, le puso un jarro a Toni, miró al Cristo y al Buda y les colocó un jarro cerca del hocico. Rutilio acarició las cabezas de los perros y ellos agradecidos movieron los rabos. Fue difícil beber agua con la lengua. Más tarde el criado viejo trajo la comida en una olla y la sirvió en una cazuela grande. El arroz de los perros tenía huesos y carne. El Cristo y el Buda se miraron atónitos: ¿los perros no son vegetarianos? El Toni levantó el labio superior, gruñó feroz desde sus colmillos blancos y cogió con presteza los pedazos de carne. El Cristo y el Buda metieron el hocico en la cazuela y comieron el arroz mojado como engrudo. Toni terminó y soñoliento miró a sus compañeros que comían a lengüetadas. Después, también ellos se recostaron sobre sus patas delanteras. El sol quemaba, el suelo quemaba y la comida de los perros pesaba como una bolsa de piedras. Se quedaron dormidos en su día, apartados del día de la casa. Los despertó un cohete que venía del otro día. Siguió un gran silencio. Alertas, escucharon la otra tarde. Estalló otro cohete y los tres perros echaron a correr en dirección al ruido. El Toni no pudo avanzar en la carrera, porque la cadena lo retuvo junto al árbol. El Cristo y el Buda saltaron por encima de las matas rumbo al portón.

—¿Dónde van, mocosas desgraciadas? —les gritó Rutilio desde el otro día.

Los perros llegaron al zaguán; les fue difícil abrir el portón, los cerrojos estaban muy altos. Al fin, salieron a la calle iluminada por el sol de las cuatro de la tarde. La calle brillaba esplendorosa como una imagen fija. Las piedras relucían en el polvo. No había nadie. Nadie, sino los dos hombres bañados en sangre, abrazados en su lucha. El Buda se sentó en el filo de la acera y los miró con los ojos muy abiertos. El Cristo se acomodó muy cerca del Buda y también los miró con asombro. Los hombres se quejaban en el otro día: «¡Ya vas a ver!»… «¡Ajay! ¡Hijo de la chingada!»… Sus voces sofocadas venían desde muy lejos. Uno detuvo la mano del que llevaba la pistola y con la mano libre le tatuó el pecho con su cuchillo. Estaba abrazado al cuerpo del otro y, como si las fuerzas no le alcanzaran, se deslizaba hacia el suelo en el abrazo. El hombre de la pistola aguantaba firme, de pie en la tarde esplendorosa. Su camisa y sus pantalones blancos se llenaban de sangre. Con un movimiento liberó su mano presa y puso la pistola en la mitad de la frente de su enemigo arrodillado. Un ruido seco partió en dos a la otra tarde, y abrió un agujero en la frente del hombre arrodillado. El hombre cayó boca arriba y miró al cielo con fijeza.

—¡Cabrón! —exclamó el hombre de pie sobre las piedras, mientras sus piernas seguían lloviendo sangre. Luego también él levantó los ojos para mirar al mismo cielo, y al cabo de un rato los volvió hacia los perros, que a dos metros de distancia, sentados en el borde de la acera, lo miraban boquiabiertos.

Todo quedó quieto. La otra tarde se volvió tan alta, que abajo la calle quedó fuera de ella. A lo lejos aparecieron varios hombres con fusiles. Venían como todos los hombres, de blanco, con los sombreros de palma sobre la cabeza. Caminaban con lentitud. El golpe de sus huaraches resonaba desde muy lejos. En la calle no había árboles para amortiguar el ruido de los pasos; sólo muros blancos, contra los cuales retumbaban cada vez más cerca las pisadas, como redoble de tambores en día de fiesta. El estruendo se detuvo de golpe, cuando llegaron junto al hombre herido.
—¿Tú lo mataste?
—Yo mismo, pregúntenle a las niñas.
Los hombres miraron a los perros.

—¿Ustedes lo vieron?

—¡Guau! ¡Guau! —contestó el Buda.
—¡Guau! ¡Guau! —respondió el Cristo.
—Pues llévenselo.
Se llevaron al hombre y de él no quedaron más rastros que la sangre sobre las piedras de la calle. Iba escribiendo su final, los perros leyeron su destino de sangre y se volvieron a mirar al muerto.

Pasó un tiempo, el portón de la casa seguía abierto, y los perros absortos, sentados en el borde de la acera, seguían mirando al muerto. Una mosca se asomó a la herida de su frente, después se limpió las patas y se fue a los cabellos. Al cabo de un instante volvió a la frente, miró la herida y se limpió las patas otra vez. Cuando la mosca volvió a la herida, llegó una mujer y se tiró sobre el muerto. Pero a él no le importó ni la mosca ni la mujer. Impávido siguió mirando al cielo. Vinieron otras gentes y se inclinaron a mirar sus ojos. Empezó a oscurecer y el Buda y el Cristo siguieron allí, sin moverse y sin ladrar. Parecían dos perros callejeros y nadie se ocupaba de ellos.

—¡Eva! ¡Leli! —gritaron desde muy arriba. Los perros se sobresaltaron.
—¡Ya van a ver cuando lleguen sus padres! ¡Ya van a ver!
Rutilio los metió a la casa. Colocó una silla en el corredor, muy cerca de la pared y se sentó solemne a ver a los perros, que, echados a sus pies, lo miraban atentos. Candelaria trajo un quinqué encendido y pavoneándose se volvió a la cocina. Al poco rato los cantos inundaron la casa de tristeza.
—¡Por su culpa yo no puedo ir a cantar…! ¡Maldosas! —se quejó Rutilio.
El Cristo y el Buda lo escucharon desde el otro día. Rutilio, su silla, el quinqué y el muerto, estaban en el día paralelo, separado del otro por una raya invisible.
—Ya van a ver, vendrán las brujas a chuparles la sangre. Dicen que les gusta mucho la sangre de los «güeros». Le voy a decir a Candelaria que deje las cenizas encendidas, para que ellas se calienten las canillas. Del brasero irán a su cama a deleitarse. ¡Eso merecen por canijas!
El fogón con las cenizas encendidas, Candelaria, Rutilio, los cantos y las brujas, pasaban delante de los ojos de los perros como figuras proyectadas en un tiempo ajeno. Las palabras de Rutilio circulaban por el corredor sin fondo de la casa y no los tocaban. En el suelo del día de los perros, había cochinillas que se iban a dormir. El sueño de las cochinillas era contagioso y el Cristo y el Buda, acurrucados sobre sus patas delanteras, cabecearon.
—¡Vengan a cenar!
Los sentaron en el suelo de la cocina, en el círculo de criados que bebían alcohol, y les dieron un plato de frijoles con longaniza. Los perros se caían de sueño. Antes de ayer todavía cenaban avena con leche y el gusto de la longaniza les produjo náuseas.
—¡Llévatelas a la cama, parecen borrachas!
Los pusieron en la misma cama, apagaron el quinqué y se fueron. Los perros se durmieron en el otro día, al pie del árbol, con la cadena al cuello, cerca de las hormigas de sombrilla verde y las lombrices rojas. Al cabo de un rato despertaron sobresaltados. El día paralelo estaba allí, sentado en la mitad del cuarto. Los muros respiraban ceniza ardiente, por las rendijas las brujas espiaban las venas azules de sus sienes. Estaba todo muy oscuro. En una de las camas estaba el muerto con la frente abierta; a su lado, de pie, el hombre tatuado chorreaba sangre. Muy lejos, en el fondo del jardín, dormían los criados; la ciudad de México, con sus padres y con sus hermanos, quién sabe dónde estaba. En cambio, el otro día estaba allí, muy cerca de ellas, sin un ladrido, con sus muertos fijos, en la tarde fija, con la mosca enorme asomándose a la herida enorme y limpiándose las patas. En el sueño, sin darnos cuenta, pasamos de un día al otro y perdimos al día en que fuimos perros.
—No te asustes, somos perros…
Pero Eva sabía que ya no era verdad. Habíamos descubierto que el cielo de los hombres no era el mismo que el cielo de los perros.
Los perros no compartían el crimen con nosotros.